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miércoles, 16 de octubre de 2013

SIN RUMBO FIJO. CAPÍTULO IV

… Regreso al hotel cuando ya ha anochecido. Efectivamente hace bastante frío. Llevo mis cosas a la habitación y vuelvo a bajar con la intención de disfrutar de un buen Ribera en el saloncito, mientras leo los Ensayos de Montaigne.

También es buena hora para hacer alguna llamada de teléfono. Me he venido sola, pero eso no significa que el resto del mundo haya desaparecido.

En la recepción, esta vez me espera un hombre joven, con gafitas de intelectual que habla con acento francés. Me da la bienvenida al hotel, me acompaña al salón y comenzamos una agradable conversación.

— ¿Cómo es que un francés ha venido a instalarse en un pueblo de Burgos?

– ¿Se me nota mucho el acento? Ya llevamos muchos años viviendo en España.

René me cuenta que se ha dedicado desde siempre a la hostelería, primero en París, luego en Madrid y finalmente en Caleruega, donde junto con su mujer Helena (la mujer que me atendió en la recepción), iniciaron este proyecto hotelero.

Con curiosidad me pregunta a qué me dedico yo. Me resulta difícil de explicar a qué me dedico en esta etapa de mi vida. 

– Soy escritora – me encanta la cara de las personas cuando les dices que eres escritora. Supongo que es una de esas profesiones que habitan en el imaginario colectivo, junto a las de pintor o músico, rodeadas de un halo de bohemia y romanticismo.

– ¿Eres escritora? ¿Y tienes novelas publicadas? ¿Cómo te llamas?

– Sí, bueno, estoy empezando. He publicado un cuento y ya está en camino el segundo.

– Aquí estuvo una vez un escritor y ambientó un capítulo de su novela en este hotel.

– ¿En serio?

– Sí, mira, te la voy a dejar por si la quieres leer. Es una historia de espías y lo único, es que a mí me cambió por un señor inglés con blazer, pero describe muy bien el edificio, incluso el escudo que tenemos a la entrada.

Continuamos en animada charla. Me pregunta de qué va mi cuento, le hablo de mi cáncer y del cambio de vida que ha supuesto y la conversación se vuelve más profunda, más empática. Siento que habitualmente cuidan a sus clientes con un trato cercano, pero también percibo cuándo las conversaciones y las relaciones cambian de nivel. Cuántas veces hablamos con una máscara puesta, con lo gratificante que es hacerlo a corazón descubierto.

Llega Helena con la carta:

– ¿Te dejo el menú y vas pensando lo que quieres cenar?

– Gracias. A ver qué tenéis. Acabo de empezar una dieta un tanto especial.

Me mira con extrañeza, porque mi aspecto físico no induce a pensar que necesite dieta, ni de adelgazamiento, ni de nada de nada.

– ¿Qué es lo que puedes tomar? Te podemos preparar lo que quieras.

Reviso la carta y veo que, con ligeras adaptaciones, puedo optar por un revuelto de setas y una ensalada con salmón.

– ¿Dónde prefieres cenar? ¿En el restaurante o aquí en el salón?

El restaurante está precioso, pero la idea de cenar en el salón me seduce.

Me siento plenamente en casa.

Después de una cena estupenda y muy bien presentada, me quedé un rato leyendo. Cuando me subí a la habitación, esta encantadora pareja me dio las buenas noches y, dato importante, la clave de la wifi.

– Mañana el desayuno es en el restaurante de ocho a once, pero si necesitas que te despertemos antes y preparemos algo, no tienes más que decírnoslo. 

Por mi gesto de sorpresa, Helena se ve en la obligación de darme una explicación:

– Es que aquí con frecuencia se alojan cazadores y ellos salen muy de madrugada.

– Ah – exclamo – Yo no soy nada madrugadora, más bien llegaré a las once y de milagro. Lo que no sé es si me iré mañana. Estoy muy a gusto aquí y tal vez me quede una noche más. ¿Habría algún problema?

– Ninguno. Si tienes frío esta noche, avísanos, ¿vale?

– No te preocupes, estaré bien – la sonrío y le doy las buenas noches.

Sentía que el chaparrón emocional ya había pasado, que volvía a estar en un nivel aceptable de bienestar y con ganas de reanudar paulatinamente mis hábitos. En el dormitorio me conecto con el PC  a Internet, brujuleo un poco por Facebook y por Netwriters, chateo un ratillo con mi querida Fefa, empiezo a escribir este diario de viaje y me duermo viendo un capítulo de Breaking Bad. Menudo personaje este Walter White.

Duermo de maravilla y el día me saluda con una mañana soleada y – ¡oh, sorpresa!  – escarcha en los campos.

Aún no me he aburrido lo suficiente de estar conmigo misma, así que decido quedarme un día más. Haré turismo.

Siguiendo las recomendaciones de Helena, me dirijo a un pueblo que ya está en la provincia de Soria que se llama Castillejo de Robledo y desde el que salen varias rutas de senderismo. Antes voy parando en cada pueblo que me encuentro.

Me sumerjo en un viaje medieval cuando llego al castillo de Pañaranda de Duero, con su torre del homenaje, las almenas, las saeteras y el matacán. Situado en lo alto de un peñasco, como solían ser los castillos de toda la vida, domina la visión de la llanura castellana. 

¿Qué más necesito para que mi imaginación desbordante comience a inventar historias de caballeros, guerras con los moros y doncellas recluidas? Aunque en estos viajes al pasado, siempre prefiero imaginarme a la gente normal y corriente. ¿Se refugiarían los campesinos en el recinto del castillo durante los ataques de los infieles? ¿Cómo sería su vida cotidiana? ¿En qué pensaría el joven soldado situado tras la aspillera mientras veía acercarse al enemigo?

Claramente me voy encontrando mejor. Viajar es una de mis pasiones y siento que este viaje ya no es sólo interior.

Hoy es doce de octubre. El cumpleaños de mi amiga Virginia. La llamo y charlo un ratito con ella. Después llamo a Curro, otro amigo, que está pasando el fin de semana en su pueblo, Tudela de Duero. El conoce bien esta zona de Burgos y me da una serie de recomendaciones, como las de visitar la ciudad romana de Clunia o acercarme a Covarrubias a hacer sonar una campana que, según la tradición, te asegura un buen novio y por supuesto, asistir a misa cantada en Silos.

Tal vez por la tarde o el domingo por la mañana haga algo de eso. Continúo mi camino hacia Castillejo y esta vez paro en Santa Cruz de la Salceda. Hay varias cosas que llaman mi atención, como el museo de los aromas, la iglesia, pero especialmente un letrero que indica que hay un lavadero tradicional. Sin pensarlo dos veces me pongo a buscarlo. Tengo que preguntar porque está un poco retirado. Cuando lo encuentro, por supuesto estoy absolutamente sola.

Nuevamente, en esa caseta techada de piedra por cuyo suelo discurre un canal, me vienen mil historias a la cabeza de mujeres cotidianas, del pueblo, que acudían a lavar allí la ropa, entre chismorreos y rumores sobre los avances de los rojos. No sé por qué, aunque el lavadero es bastante antiguo, imagino escenas de la guerra civil.

Hace un día despejado, de cielo limpio y azulísimo. Ya es casi mediodía. Me tomo unas nueces y enfilo con el coche hacia Castillejo. Ya comeré por allí.

Está todo relativamente cerca. Paso por algunas bodegas, pero, como es festivo, están cerradas. La carretera, que estaba bastante bien asfaltada pasa a un estado lamentable en cuanto atravieso la linde entre Burgos y Soria. Nunca llegaré a entender nuestro complejo sistema de administraciones locales, regionales, comarcales y siempre burocráticas.

En una media hora llego a Castillejo y no sé qué hacer. Hacia la izquierda hay un puente y un camino muy empinado que sube hacia unos edificios que parecen bodegas tradicionales. Hacia la derecha parece que está el pueblo en sí. Ninguna indicación de las rutas de senderismo.
Voy hacia la derecha con la esperanza de encontrarme con alguien. Por muy perdido que esté esto, digo yo que habrá un bar. Efectivamente a unos doscientos metros hay una plazuela con un bar, un restaurante y ¡gente en la calle!

Entro en el restaurante, que tiene anunciado un menú con cocido. Me siento tentada de renunciar a mi paseo por la naturaleza y saltarme la dieta metiéndome en el cuerpo un poco de colesterol. No, voy a ser buena. Encargo al camarero un bocadillo de tortilla francesa para llevármelo y le digo que me avise en el bar de al lado cuando esté listo, que me voy a tomar algo mientras tanto.

¿Y qué me tomo? Me apetecería un botellín de Mahou, pero los tengo restringidos. En fin, el buen vino puedo tomarlo, así que me pido un Protos y me salgo a la placita. 

En uno de los poyos hay una pareja con su hijo tomando un vermú. Él es un hombre bastante gordete, de unos cincuenta años, con barba poblada, camisa, chaleco de lana y una boina tipo chapela. Ella algo más joven, guapa y bien vestida. El chico que rondará los veinte me recuerda a mi sobrino Víctor.

– Hola, perdonad que os interrumpa, me han dicho que desde aquí hay unas rutas de senderismo muy bonitas. ¿Las conocéis?

— No nos interrumpes en absoluto. Estamos aquí relajados tomando el aperitivo – me dice el hombre, con una sonrisa en sus enormes ojos azules y ofreciéndome unas patatas fritas de una bolsa – Sí, hay un camino que sube desde el río, pasa por las bodegas y lleva hasta una ermita.

— Ah, sí. He visto antes las bodegas. ¿Y no hay alguna otra ruta que vaya por el río, entre árboles?

— Sí, también hay otro camino que sale por allí por la derecha, que va paralelo al río. Hay una zona muy bonita en donde el río se encañona, luego subes al páramo, que es un espectáculo, y ya después el camino gira a la izquierda y regresa al pueblo por el otro lado.

— Esa me parece más interesante. ¿Sabéis si es muy larga?

— Serán unos siete u ocho kilómetros.

— Uy, no sé si estoy en forma como para hacerla completa.

— Bueno, puedes hacerla hasta la mitad, que llegas hasta unas fuentes, y luego volverte. Pero yo, de verdad te aconsejo que subas hasta el páramo. ¿Tú sabes lo que es estar en medio del campo solo?

— Ya, no sé cómo será este páramo, pero conozco bastante bien los de Ecuador y sí, son paisajes sobrecogedores, por la amplitud y soledad.

— Yo no sé cómo serán los de Ecuador, pero cuando estás ahí arriba y tienes doscientos kilómetros a la redonda sin ver nada y a tu derecha, al fondo la Sierra de Ayllón y al otro lado, igual de lejos la Sierra de la Demanda, te quedas maravillado.

— Mi marido es que es un enamorado del páramo.

— Ya somos dos. ¿Has subido por la noche? El cielo con estrellas debe de ser espectacular.

— De lo más bonito que he visto en mi vida.

— ¿Sois de aquí?

— No, vivimos en Madrid, pero ya hace años caímos por aquí, nos encantó el pueblo y nos compramos una casa. Mira, es esa de allí arriba, la de los geranios.

— Si, el pueblo está muy bien— interviene el hijo. El único defecto es que no hay wifi ni 3G.

— Ni falta que nos hace, que ya pusieron hace un par de años la cobertura de móvil y esto ya no es igual— replica el padre con mezcla de cabreo y resignación.

— Yo también soy de Madrid. Me llamo Irene, encantada de conoceros.

— Yo soy Rosa — me da dos besos.

— Yo Aurelio – más besos.

— Y yo Aurelio junior.

— Aurelio Jr. Como Walter Jr. El de Breaking Bad — lo reconozco, estoy enganchadísima a esa serie.

— ¡Exactamente! — me contesta riendo.

— Y tú, ¿no te aburres en un pueblo tan pequeño?

— ¡Qué va! A mí me gusta mucho cocinar y me entretengo aquí. Hoy voy a hacer un rape con salsa de carabineros.

Mi estómago empieza a segregar jugos gástricos. Tomo un sorbito de vino para engañarle. Continuamos hablando de gastronomía, de los estudios, de las becas Erasmus (“Orgasmus” en palabras de Rosa), de viajes…

— ¿Por qué no te quedas a comer con nosotros? — me ofrece la mujer.

Me quedo sorprendida por su hospitalidad. Cuando viajas solo, surgen muchas más oportunidades de conocer a nuevas personas, de conversar con ellas y de recibir regalos de este tipo.

— Os lo agradezco un montón, pero ya me he encargado un bocadillo con la idea de tomármelo en medio del campo, seguramente junto a una de esas fuentes que me habéis dicho.

— ¿Aquí donde Javi? Es un chico estupendo. Como quieras, pero si necesitas algo, ya sabes cuál es nuestra casa.

— Muchas gracias. Entonces…. El camino ¿empieza por ahí?

— Sí, sigues esta calle y llegas a la iglesia y al castillo. Por cierto, ¿sabías que este es el pueblo de la afrenta de Corpes, donde mancillaron a las hijas del Cid? — me informa Rosa.

— No, no tenía ni idea.

— Pues ahora cuando pases fíjate, que hay una placa donde lo pone y está el fragmento del Cantar del Mío Cid.

Llega Javi con mi mega bocadillo. Veo que son las tres de la tarde y decido que no puedo retrasar más la caminata.

— Bueno familia, pues voy a pagar el vino y me voy a hacer la ruta.

— Que se te dé bien. Si luego quieres pasarte a tomar un café, vamos a estar en casa.

Me despido de ellos con más besos y con la sensación de tener una familia de adopción en Soria.

Antes de salir del pueblo, efectivamente veo la iglesia románica, el castillo y el fragmento del poema. 

¡Vaya con los Infantes de Carrión!


Me siento animada. Este viaje está resultando un éxito de encuentros y eso que no sé que aún falta alguno más.

... continuará

SIN RUMBO FIJO. CAPÍTULO III

Cuando salgo de la iglesia son las siete de la tarde y aún no tengo idea de dónde me voy a quedar a dormir. Voy a devolver la llave y de nuevo me quedo un rato hablando con Sor Teresa.

— ¿Cómo te ha ido?

— Bien, pero me he asustado mucho al bajar a la cripta, con las estatuas esas.

— Ya, se me ha olvidado advertírtelo y mira que hemos puesto esa reja con estrellas, para que a la gente no le impresione, pero ni con esas.

Me propone que cuando vuelva a Madrid me acerque a algún grupo de catequesis, porque cree que me puede ayudar mucho sentirme acompañada. Sé que lo dice pensando en mi bien y porque cree en ello, pero me pongo un poco a la defensiva con ese intento evangelizador. No sé, supongo que me gusta ir por libre, también en cuestiones de fe.

— ¿Has bebido del pozo?

— Sí. He pedido alegría.

Me sonríe. Hay ternura, compasión y calidez en su mirada.

No me apetece prolongar más ese momento. Estoy más relajada que cuando llegué, pero aún no he encontrado la ansiada serenidad. Compro unas pastas, le pregunto dónde me puedo alojar y nos despedimos, ella prometiéndome que todas las noches a las diez y media rezarían allí por mí y dándome el teléfono del convento, para que la llamase cuando quisiera.

Primer encuentro con alguien especial en ese fin de semana.

Me quita la idea de dormir en uno de los conventos y me sugiere que vaya a la casa rural o al hotel. La casa rural no la encuentro, en cambio el hotel “El Prado de las Merinas”, está bien indicado. ¡Qué gran acierto ir allí!

Es un edificio construido al estilo antiguo pero con toques de modernidad, como el restaurante acristalado de formas curvas. Está situado a las afueras del pueblo, en medio de una finca ajardinada y muy bien cuidada. Al buscar la puerta de entrada, paso por delante de las ventanas de un salón, con sillones y chimenea. ¡Qué acogedor! Ya me imagino yo allí con un libro o escribiendo algo mientras me tomó un té caliente.

En la recepción hay una mujer joven. 

— Hola, ¿tienen una habitación libre para dormir esta noche?

— Sí, ¿para ti sola?

— Sí

— ¿Y sólo una noche?

Me sorprende otra vez que me tuteen. Debe de ser costumbre de esta zona. No tenía por qué darle ninguna explicación, pero me apeteció hacerlo.

— Sí, la verdad es que iba de camino a San Sebastián y he parado aquí un poco de casualidad. Posiblemente mañana tire para el Norte.

— Vale, es para saber qué habitación te doy. Cuesta 51 euros con el desayuno, si quieres te la enseño.

— Sí, por favor.

La habitación es amplia, con una ventana que da al campo. El baño moderno y lleno de detallitos (¡¡genial la goma para el pelo!!)

— Muy bien, pues me quedo. ¿La cama tiene manta? ¿No tendré frío?

— Esta noche bajan bastante las temperaturas, pero tienes manta y si necesitas cualquier cosa, nos la pides. Si quieres te doy una habitación de las del otro lado, que puede que sean algo más cálidas.

— No, no hace falta, voy a estar bien.

De vuelta a la recepción le doy mi DNI y cuando le voy a dar la tarjeta de crédito, me dice que no hace falta. La gente por aquí te tutea y es muy confiada.

— Aprovechando que aún hay luz, ¿hay algún lugar por aquí cerca donde se pueda dar un paseo, que haya árboles, o río?

— Sí, aquí mismo, según sales del hotel hay un camino a la izquierda que va paralelo a un arroyo. Al principio está adoquinado, pero luego se mete entre campos de cultivo y es de tierra. 

— Perfecto, pues me voy ahora y ya luego saco la maleta y ceno aquí.


El camino es fácil, al principio discurre paralelo al arroyo, más tarde cruza un parque y ya justo antes de adentrarse en campo abierto bordea una alameda. Un sol débil va descendiendo ante mí, hace frío, pero la luz en la cara, el sonido de las hojas mecidas suavemente por la brisa y el fluir del arroyo, me hacen estar presente, en ese lugar, en ese momento. Vivo el aquí y el ahora con plena conciencia y siento que encuentro el estado de serenidad que necesitaba.



… continuará

martes, 15 de octubre de 2013

SIN RUMBO FIJO. CAPÍTULO II

…. Salgo al vestíbulo e intento abrir el portón con la llave, pero no soy capaz de girarla. Al otro lado de la puerta oigo a la monja que llega y me pregunta si tengo algún problema con la llave.

— Sí, la estoy girando, pero no consigo abrir.

—Prueba a girarla hacia el otro lado.

— Nada… — le digo, mientras intento mover la llave con ambas manos.

—Espera, que entonces te abro yo desde dentro.
Me quedo estupefacta. Si me podía abrir ella desde dentro, ¿para qué me dio la llave?

— Quédatela, porque así luego cierras cuando te vayas. Mira, aquí ves el claustro. Y por esas escaleras a la derecha subes al museo. Esta otra puerta la voy a cerrar, es la que da acceso a la zona de clausura.
Me acompaña hasta el claustro, que es amplio, luminoso, con una segunda planta construida sobre el corredor. Está muy bien cuidado, el césped del centro recién segado, en una esquina un árbol que parece un frutal y en otra dos cipreses. De las ventanas del pasillo superior cuelgan jardineras con geranios. Está ya en sombra a excepción de una de las esquinas, cuyos muros reflejan la luz de un sol oblicuo. Perfectamente alineado con los puntos cardinales en cada esquina.

— Esta era la casa de los Guzmán. Aquí vivió Domingo. Te dejo sola.

— Gracias.

Antes de irse, vuelve hacia mí y me pregunta:

— ¿Cómo te llamas?

— Irene

— Irene, ¿puedo rezar por ti?

—Claro — le respondo con lágrimas en los ojos. 

Me sonríe y se va. La actitud de aquella mujer termina por franquear todas mis barreras. En la esquina soleada me apoyo sobre esos muros con siglos de historia y rompo a llorar desconsoladamente, vomitando mi pena. Intento ponerle una palabra que dé apellido a esta tristeza. Abandono, soledad existencial, la soledad del enfermo, que diría mi amigo Santi, la conciencia de que las personas van y vienen, caminan a ratos a tu lado, pero de que tu camino es solo tuyo. ¿Y por qué vivir esto con tristeza?

Recuerdo las palabras de María, mi maestra de reiki: La mayoría de los conventos y monasterios medievales están construidos sobre vórtices energéticos. Si tus pasos te llevan a uno de ellos es porque necesitas recargarte.

Camino hacia la otra esquina en la que están los cipreses, que de repente se me antojan como dos enormes antenas. Me pongo entre ambos, en posición de canalizar energía y respiro. Siento cómo a cada respiración, el aire que antes se me quedaba atrapado en el pecho va bajando un poco más hasta conseguir una respiración abdominal tranquila. La energía empieza a fluir, empezando por mis manos. Cuando llega a mi pecho izquierdo comienzo a sentir pinchazos, como pequeños calambres. Esto ya lo he experimentado antes con María. Sí, me estoy haciendo reiki.



Después de un rato vuelvo al sol. Esta vez más calmada, disfruto del calorcito en la cara.

Cuando salgo del claustro veo un enorme cartel con frases de Santo Domingo, sobre la humildad, la caridad y otras virtudes. Las leo para ver si alguna me dice algo especial. Me quedo con la última: «Os seré más útil después de mi muerte». Parece macabro, pero para mí conecta con el sentido de trascendencia.

Voy a ver el museo. Es una gran sala diáfana de unos cien metros de largo. El forjado  y las vigas de madera que lo sustentan están a la vista. Está en penumbra. La única luz que hay entra oblicua por una ventana ojival partida por un mainel, al fondo de la sala. Podría encender las luces, pero no quiero romper la magia de esos dos rayos de luz paralelos, que reflejados en diagonal por el suelo van a enfocar una caldera de cobre. No me resisto a sacar una foto.


En el museo, antiguos tapices, bargueños y santorales del siglo XII. Me trasporto a aquella época con facilidad y luego pienso que esta comunidad de monjas, sigue viva después de casi mil años. ¡Cuánta gente ha pasado por aquí, ha vivido y se ha muerto! ¿Y qué? El contacto con la historia antigua me hace relativizar el tiempo, la vida y la muerte.

Deambulo un rato más entre manuscritos y documentos que atestiguan las donaciones que los reyes y los nobles hicieron otrora al convento. Lástima que estén protegidos por un cristal, porque me hubiera gustado reconfortarme con el olor de la lignina oxidada. Carmen, mi querida Carmen, gracias a aquel artículo que trajiste a tu muro sobre el olor de los libros antiguos, puedo poner nombre a ese aroma tan particular.

No me entretengo más, ni siquiera vuelvo a entrar en el claustro. Tengo la sensación de que lo que tenía que hacer ahí ya está hecho.

Vuelvo al vestíbulo, llamo al timbre y enseguida me abre la misma monja.

— Muchas gracias. Le devuelvo la llave.

— Irene, soy Sor Teresa, la maestra de novicias. Si quieres contarme lo que te pasa, te escucho con el corazón abierto. Desprendes muchísima tristeza.

— ¿Tanto se me nota?

— Sí, mucho.

Le cuento un poco mi vida, mis circunstancias y ella me cuenta la suya, cómo llegó a hacerse monja a los veintiséis años, después de un intento de matrimonio fracasado. Me habla del amor de Dios, que se manifiesta en las dificultades.

— ¿Y me dices que tu cáncer está más o menos estable desde hace dos años?

— Sí, a veces avanza y a veces retrocede, pero de momento no sale de ahí.

— Es un mensaje de Dios.

No es la primera vez que me lo dicen.

— Eso creo yo, pero llevo dos años tratando de descifrarlo y no termino de conseguirlo.

Voy a empezar otra vez a llorar, así que la mujer saca otra llave gigante con una cadenita de la que cuelga una llave pequeña y moderna.

— Anda, vete a la iglesia que es la puerta de al lado. Entras con esta llave grande. En un lateral está la sacristía y al fondo, las escaleras que bajan a la cripta. Con esta llave pequeña accedes a ella. Hay un cuadro de luces, préndelas todas. Uno de los interruptores enciende el pozo. Verás un pequeño armarito. Dentro hay vasos. Bebe de esa agua y ten fe.

Salgo del convento y me parece que estoy viviendo una historia de ficción. Esta vez abro la puerta de la iglesia sin dificultad, a pesar de lo grande que es. Me impresiona entrar allí sola. ¡Qué confiada, la monja! Se cierra la puerta y cuando se para el eco, un silencio absorbente envuelve el aire. A media luz consigo ver el altar, un retablo y unos cuantos bancos. Es más sencilla y moderna de lo que me esperaba a juzgar por el aspecto exterior del edificio.

Bien, paso uno conseguido, ahora a buscar el pozo. La única puerta que hay me lleva a la sacristía y allí están, como me había dicho Sor Teresa, las escaleras de bajada. Justo antes de las escaleras, en la pared de la izquierda hay dos cofres de materiales preciosos y una especie de ventanita de cristal. Leo los carteles que hay encima: Don Félix de Guzmán y Don Antonio de Guzmán. ¡Dios mío, si son huesos humanos! ¡Jodeeer!

Cuando me repongo de la impresión, decido que voy a bajar al pozo de todos modos. La escalera gira a la izquierda y el paso está bloqueado por una reja de hierro con un candado. Bien, la llave pequeña… el candado se abre y la reja también. Continúo bajando por la escalera cada vez más oscura. Un golpe metálico me hace dar un respingo. ¡Coño, es la reja que ha chocado contra la pared! Intento relajarme. Me viene a la cabeza la bajada a otra cueva… pero esa es otra historia.

Al final de la escalera se abre una sala, apenas iluminada por un foco led de éstos de emergencia. Cuando voy a entrar… ¡hay alguien a mi izquierda! ¡Hostias, hostias, hostias, la puta monja! Busco a tientas algún interruptor. Se enciende una luz general y puedo ver que lo que hay a mi izquierda, detrás de una reja con estrellas, es una sepultura de mármol, con una escultura del muerto yaciente y custodiada por cuatro estatuas de cuatro monjes con capucha. ¡La madre que me parió! ¿Quién me manda a mí meterme en estas historias?

Busco el cuadro de luces para encender todo, no quiero más sorpresas. La cripta se va iluminando por partes a medida que subo los automáticos. Veo el pozo, que curiosamente es hiper-moderno, pero no sale agua. Pruebo con un automático que está separado a la derecha. Una de dos, o es el del pozo o es el general y me vuelvo a quedar a oscuras.

El sonido del agua me hace soltar un suspiro de alivio. Después de echar un vistazo general a la cripta, me siento en uno de los bancos corridos a recuperarme un poco. No estoy ahora en condiciones de pensar ningún deseo coherente. Sigo como en una película y me empieza a surgir en la cabeza algún relato de intriga. Me dejo llevar. Con el móvil le saco una foto a la llave de la iglesia. Si salgo de esta, verla me ayudará a recordar las sensaciones y a poner en papel el relato.


Después de ese momento creativo, vuelvo a la realidad. Estoy en una cripta, delante de un pozo milagroso y voy a beber y a pedir algún deseo. Me concentro. Obviamente pido salud y bebo un vasito de agua, pero siempre que pido este deseo, me surgen muchas dudas. ¿Pedir salud significa que el cáncer desaparezca? ¿Debería pedir eso más concretamente? En fin, confío en que Dios, Santo Domingo o quien quiera que se vaya a encargar de cumplir mi deseo, sepa interpretarlo correctamente. Entonces recuerdo cómo estaba en el claustro, hacía apenas una hora. Y cojo un segundo vaso. Esta vez pido: quiero vivir mi soledad existencial con alegría.

… continuará

lunes, 14 de octubre de 2013

SIN RUMBO FIJO. CAPÍTULO I

Viernes, 11 de octubre. Tres de la tarde en Madrid. Quiero estar sola, pero no en mi casa. Estoy triste, llevo varios días triste. Quiero ver el mar y también campos verdes. Nadie me espera, a nadie le debo cuentas. En el maletero del coche siempre llevo una bolsa con algo de ropa y un kit básico de supervivencia: cepillo de dientes, crema hidratante, medicinas y rímel. En el bolso el resto de lo necesario: algo de dinero, tarjetas de crédito, tabaco, un par de libros, un móvil con cámara de fotos, un cuaderno y lapiceros.

Salgo por la carretera de Burgos sin un destino fijo, tal vez San Sebastián, aunque es posible que me entretenga por el camino.

Conducir es para mí una de las mejores formas de meditar. Me voy dejando llevar por la música que sale de manera aleatoria desde el iPod. Poco a poco la mente se va vaciando de problemas cotidianos para llenarse de paisajes que tienen banda sonora original. La intuición ya dirige mis pasos.

A la altura de Aranda de Duero me viene a la mente el Monasterio de Silos. Meto la dirección en el navegador del coche. Confío plenamente en él para estas ocasiones en las que no hay prisa, siempre me lleva por carreteras secundarias, pueblos semi-abandonados y parajes insólitos. Y esta vez tampoco me falla.

Primera paradita en Villabilla de Gumiel, que tiene una ermita románica a la entrada del pueblo con unos bancos orientados a poniente. Son las cinco de la tarde, qué buen momento para un cigarrillo tomando un poco de este sol de otoño.


Continúo por la carreterucha, que atraviesa campos de trigo, pinares y algún viñedo en los que hay paisanos vendimiando. Me dan ganas de parar y ponerme con ellos, para recordar otros tiempos. Nota mental: “cuando vuelvas a casa añade al kit de supervivencia tu navaja, por si te da por vendimiar”.

Tras unas curvas, aparece ante mí Caleruega. Las señales rosas que indican que tiene varios monumentos románicos, me invitan a pararme. Siguiendo la calle principal llego a una plaza en la que hay una iglesia, la Torre de Guzmán y dos conventos. Aparco y me meto en el primero de ellos.

— Buenas tardes.

— Buenas tardes  — me contesta el hombre tras la ventanilla.

— ¿Este edificio se puede visitar?

— Sí, pero es más bonito el convento de las monjas, porque este lo restauraron en el siglo XIX y se lo cargaron y el de ellas es del siglo XII.

— Ah… y ¿dónde está?

— Según sales, vas a la derecha y en la siguiente puerta. Te metes y verás una puerta a tu izquierda con un cartel que pone «pastas». Llamas al timbre y ahí te abren las monjas.

— Muchas gracias. 

— Espera, toma estos folletos con información sobre el pueblo.

— Gracias, muy amable.

Salgo del convento de los curas y me dirijo al de las monjas. Tengo una curiosidad tremenda por saber lo que me espera. Si he parado aquí será por algo. He salido de Madrid buscando paz, energía positiva, luz y he ido a parar en un convento en Caleruega. Por algo será.

Entro por la siguiente puerta en la calle y, efectivamente, en un vestíbulo hay un portón de madera enorme de frente y una puerta pequeña a la izquierda, sobre la que cuelga el citado cartel de «pastas». Ambas (¿o ambos?, dudo sobre la concordancia correcta) están cerradas, pero hay un timbre bajo el cual un mensajero de Seur ha dejado un aviso de intento de entrega fallido por encontrarse ausente el destinatario. Llamo al timbre. Espero tres largos minutos y nadie contesta. Estoy dudando entre irme o llamar de nuevo, cuando un «meeeec» electrónico hace que la puerta de abra. Accedo a una pequeña sala con una ventana en la pared del fondo tras la cual aparece una monja, ni joven ni vieja, un poco regordeta, con gafas y cara de buenísima persona.

— Buenas tardes.

— Buenas tardes. Me han dicho en el convento de al lado que éste sí que merece la pena 
 visitarlo. ¿Se puede ver?

— Sí, claro. Se puede visitar el claustro y el museo.

— Ah, el claustro… eso sería fantástico… he venido a…

— Buscar paz, ¿verdad?

— Sí… eso es exactamente lo que ando buscando.

— Pues te voy a dar la llave que abre la puerta de madera grande que hay ahí afuera. La 
abres y accedes al claustro y luego a la derecha hay unas escaleras que suben al museo.
Me tiende una llave antigua de hierro, que pesa por lo menos dos kilos. Es enorme. Me sorprende que me tutee. Mirándome fijamente a los ojos me dice:

— Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. Luego cuando salgas me devuelves la llave y te doy la de la iglesia. Abajo hay una cripta y un pozo, en el lugar donde nació Santo Domingo. No sé qué te pasa, pero cuando bajes, bebe agua de ese pozo, porque se cumplen todos los deseos.

…. continuará

lunes, 9 de septiembre de 2013

1998. EN LAS LAGUNAS DE MOJANDA

Existen en Ecuador muchos lugares únicos, por su soledad, por su fauna, por su clima, por su exotismo, por sus gentes. Afortunadamente, Ecuador es un país pequeño (como Andalucía, aproximadamente) y no goza de la fama y la riqueza arquitectónica inca de su vecino Perú. Tal vez esa sea una de las razones por las que no es un destino muy frecuentado por los turistas que, cuando van, se limitan a conocer Quito y Guayaquil, algunos mercados indígenas típicos, la colonial Cuenca, la obligada excursión al volcán Cotopaxi y, si el presupuesto es lo bastante elevado, unos días en Galápagos. Y digo afortunadamente porque aún conserva selvas vírgenes, bosques primarios, poblados indígenas y rincones escondidos que son verdaderas joyas.
Uno de mis preferidos es el páramo de las Lagunas de Mojanda.

A pesar de encontrarse cerca del pueblo de Otavalo, uno de los centros indígenas más activos del país y también más turístico, Mojanda es un lugar muy poco conocido, quizás por su difícil acceso.  Desde la Panamericana que recorre el altiplano y el país de Norte a Sur, entre San Pablo y Otavalo, a la izquierda, comienzan unos cuantos kilómetros de subida por una carretera adoquinada, y llena de agujeros y deslaves, que atraviesa un paisaje de pequeñas fincas en las que los indígenas cultivan sus papas y el maíz desafiando a la pendiente.

Más arriba, la carretera se transforma en camino de tierra. Es el ascenso al crácter del extinguido volcán Mojanda en cuyo fondo se encuentran tres impresionantes lagunas de aguas cristalinas y heladas. Desde el borde del cráter, entre laguna y laguna, el camino desciende, serpentea, se estrecha, se embarra y tan sólo es accesible hasta cierto punto con un cuatro por cuatro pequeño, después, a pie.

La altitud aquí es de 3400 metros sobre el nivel del mar. A pesar de estar en el Ecuador, el clima es frío y las nubes, que parece que pueden tocarse, por la tarde descienden, transformándose en una suave niebla que dota al entorno de un aspecto fantasmagórico.

Más allá, a lo lejos, la cumbre nevada del volcán Cotacachi, siempre pendiente de su pareja, el Imbabura. Pero esa es una bonita leyenda quíchua que contaré otro día.

La vegetación está formada principalmente por pajonales de un color verde parduzco que varía según las hierbas son movidas por el viento.

He visitado en varias ocasiones ese lugar. 

En una de ellas, fuimos un fin de semana a acampar con un grupo grande de amigos, tras seis horas de ruta a caballo. Por la noche, con los caballos amarrados a los juncos, contamos historias en torno a un fuego, mientras el cielo, sorprendentemente despejado, nos regalaba un espectáculo de estrellas. Fue uno de esos momentos en los que te sientes en comunión con la Naturaleza, formando parte de ella. Fue todo muy idílico hasta que, ya el campamento durmiendo, el Inquieto, uno de nuestros caballos que no estaba castrado, se desató y se dedicó a molestar a las yeguas. Creo que no salimos tarifando con sus dueños gracias a que éramos los únicos extranjeros del grupo.

Pero si hay un día en Mojanda que recuerdo con especial detalle fue cuando vino a visitarnos mi amigo de la infancia, Rafa. A mí me gustaba acompañar a las visitas a hacer excursiones y pequeños viajes por el país y Mojanda, además de ser bonito, quedaba cerca de nuestra casa. Rafa siempre había sido de los más atrevidos de la pandilla y yo siempre había sido para él su amiga la buenecita, la empollona, la obediente. Cuando llegamos a Mojanda, era un día entre diario y no había un alma en kilómetros a la redonda y recuerdo que me dijo con tono de suficiencia: 

- Te voy a enseñar lo que es capaz de hacer tu Vitara. 

Candamos las ruedas y en primera, muy despacito, hizo subir el coche por una pendiente de más de 45 grados. Aún puedo ver su sonrisa triunfal que me decía: “estás aquí, viviendo tu aventura ecuatoriana y no sabes ni manejar un cuatro por cuatro”.

Me gustaba verle feliz y le acompañé en su entusiasmo, sabiendo que aún me guardaba un as en la manga. 

- Vayamos hasta la laguna pequeña, la que está más al fondo y bajemos hasta el borde del agua – le propuse.
Cuando alcanzamos la orilla, estábamos en el fondo del cráter y a nuestro alrededor tan sólo las montañas y el viento. 
- Vamos a hacer algo que nunca has hecho – le dije en tono misterioso. 
Entre incrédulo y divertido, me siguió hasta el coche. Allí, de la guantera, saqué mi revólver calibre 22 y se lo ofrecí, tendiendo mis manos hacia él.
- ¡Hostias! ¿Es de verdad?
- Sí. No he querido asustarte hasta ahora, pero bueno, este país es más peligroso de lo que aparenta. Hace unos meses recibimos amenazas de secuestro y desde entonces llevo arma. He aprendido a utilizarla. Esta y las recortadas que tenemos en casa.
- ¡¡¡Joder!!! ¿Has disparado a alguien?
- No, por suerte no ha hecho falta. No creo que fuera capaz de hacerlo. La llevo porque me han insistido mucho, pero llegado el momento de un atraco o algo así, creo que es contraproducente llevar un arma que no piensas utilizar. ¿La quieres coger? Podemos hacer prácticas de tiro.
- ¿Aquí?
- ¿Por qué no? No hay absolutamente nadie.

La adrenalina podía olerse. Improvisamos una diana e hicimos algunos disparos, que retumbaron en todo el volcán. Nadie apareció a ver qué pasaba.

Después he vuelto a Mojanda en varias ocasiones más, pero para mí, aquel lugar estará impregnado para siempre del olor a pólvora, de la excitación de aquel momento y de la cara de perplejidad de mi amigo, intentando encajar aquello, intentando entender cómo aquella chiquilla inocente con la que jugaba a llamar a los timbres y salir corriendo, había dado un giro tan radical a su vida.

miércoles, 17 de julio de 2013

1995. PETRA - LA CIUDAD TATUADA

13 de octubre de 1995

Habíamos salido dos días antes de Madrid a un viaje de casi un mes que nos llevaría a descubrir algunos lugares mágicos de varios países y a personas increíbles. Ese día nos esperaba uno de los sitios más impresionantes del Planeta, la ciudad abandonada de Petra, en Jordania. Es un destino turístico muy conocido y sabíamos que en las horas centrales del día se llenaría de visitantes. Habíamos llegado la noche anterior en un coche de alquiler desde Ammán, pasando por el Mar Muerto y por carreteras desérticas con algunos controles periódicos de policía. Los agentes, después de pedirnos las oportunas licencias, con una amable sonrisa nos decían lo que luego sería repetitivo: Welcome to Jordan!!

Días más tarde, en Ammán, casi nos morimos de la risa cuando unos chicos jordanos que se ofrecieron a acompañarnos a donde fuésemos e invitarnos a algo, en un inglés casi ininteligible, nos explicaron que su Rey Hussein les había enseñado que tenían que ser amables con los extranjeros y que ese día nos había tocado a nosotros. 

A las 6:30 de la mañana con los primeros rayos del día estábamos en la puerta del recinto de Petra. Tan solo un par de turistas delante de nosotros. Adquirimos la entrada y nos dirigimos hacia el Siq al que se llega tras caminar unos 500 metros. Teóricamente en este corto tramo te asaltan para venderte todo tipo de visitas guiadas, pero a tan temprana hora ni siquiera habían puesto los camellos.

El Siq es un cañón de unos dos kilómetros de largo y 100 metros de alto, aunque su anchura no sobrepasa los 5 metros. Los tonos rojizos de las paredes y las formas caprichosas que formó el supuesto río que por allí algún día pasó, lo hacen realmente espectacular. Esta es la única entrada “fácil” a esta ciudad que fue capital del reino nabateo allá por el siglo VI A.C. porque el resto, está protegido por inmensas moles de piedra que la hicieron prácticamente inexpugnable durante siglos.

Por fin, cuando ya empezábamos a estar cansados de tanto pasillito apareció ante nuestros ojos el símbolo por excelencia de Petra, la fachada excavada en la roca de El Tesoro, inmortalizada en “Indiana Jones y la Última Cruzada”, y que a esas horas de la mañana, sin nadie más que los vendedores de recuerdos más madrugadores, está francamente bonita.

En Petra todos los edificios están excavados en la roca y las fachadas tan cuidadosamente esculpidas dan paso a cavidades en la montaña en donde se veneraban a los dioses o que en muchos casos, servían de vivienda. Ello, unido al entorno natural de montañas y desierto y al hecho de que haya permanecido abandonada y escondida desde el siglo VIII hasta principios del siglo XIX hacen de ella algo único.

Continuamos por el camino principal, que si bien seguía entre montañas, ahora era bastante más ancho. Aquí y allá íbamos descubriendo cuevas en las paredes de las montañas, cada una con su fachada fabulosamente esculpida en la piedra.

En lugar de seguir por el camino clásico, en el que se ve el anfiteatro, subimos a lo que llaman uno de los sitios altos: el Alto Lugar de los Sacrificios. Hay unas escaleras empinadísimas que van subiendo por la montaña y que pueden tener un desnivel de unos trescientos metros. En lo alto, aparte de unos obeliscos y tumbas, lo que nos encontramos fue con una vista panorámica de todo el entorno, con la ciudad metida entre las montañas, sin ningún edificio construido, sino todos excavados. Desde allí también se divisaban los valles de alrededor.

La ciudad gozó de varios siglos de esplendor, pues se encontraba en una de las rutas comerciales que llevaban especias e incienso desde Egipto hacia Europa. Cuando aquellas rutas cambiaron, entró en declive y una serie de terremotos terminaron de convencer a sus habitantes de que la abandonaran. 

Estuvimos un buen rato en el borde del barranco, disfrutando de la vista. Daba bastante vértigo mirar hacia abajo. Después empezamos a bajar por el otro lado de la montaña. No había prácticamente nadie y por aquella ladera también descubrimos varios templos menos conocidos pero imponentes, como la que llaman la Tumba del Soldado y el Triclinium. Al bajar del todo, nos incorporamos al camino principal, donde había chiringuitos con toldos en los que las hordas de turistas se refugiaban del sol abrasador del mediodía. Nosotros paramos a tomarnos una Pepsi y allí conocimos a una pareja de españoles que habían estado en Vietnam, un país que nos encantaría visitar.

Cuando viajas de manera independiente, fuera de los grupos organizados, tienes más oportunidad de entablar conversación con otros viajeros o con los locales.

Con ellos subimos hasta El Monasterio, que es el templo más alto y el más alejado de la entrada a la ciudad. Allí nosotros decidimos quedarnos a ver el atardecer. Cuando aún faltaría como una hora para que oscureciese, dos policías vinieron a preguntarnos si pensábamos quedarnos a ver la puesta de sol. Se quedaron tranquilos cuando les dijimos que llevábamos linternas. Fue un momento mágico, allí solos, con la ciudad iluminada por unos rayos oblicuos, suaves y dorados que dotaban de volumen a cada fachada.

Cuando empezó a oscurecer decidimos bajar. Resultó que los dos policías y el chavalín del último chiringuito estaban esperándonos para cerrar, así que cuando vieron que nos acercábamos, ellos también se dirigieron a la salida a paso rápido. A mitad del camino ya era noche cerrada. Tan sólo nos encontramos con los camelleros que nos ofrecían llevarnos hasta la puerta en “happy hour”. Desde lo alto del Monasterio tardamos alrededor de una hora y media, caminando a buen paso y sin parar. En el Siq la oscuridad era total y el cielo apenas se veía entre las ranuras del cañón. Entramos los primeros y salimos los últimos de Petra aquel día.

A la salida, todos sudorosos nos tomamos una cervecita en un hotel de lujo que hay en la puerta y cuando nos íbamos hacia nuestro hotel, de menor presupuesto, ocurrió una anécdota graciosa. Nos dirigimos al coche, lo abrimos con la llave, lo arrancamos y cuando ya estábamos maniobrando, vimos a un hombre que salía corriendo hacia nosotros gritando. No entendíamos nada, hasta que comprendimos que nos decía que nos estábamos llevando su coche. Efectivamente tenía razón, el nuestro estaba aparcado unos metros más allá y ¡funcionaba con la misma llave!

Jordania fue el primer destino de aquel viaje que días más tarde nos llevaría a la India y a Nepal. No era nuestro primer viaje al extranjero pero sí la primera vez que visitábamos Asia. Los días siguientes nos iban a descubrir un mundo de nuevos colores, de nuevas creencias, de personas hospitalarias, de compañeros de viaje ocasionales y paisajes grandiosos. 


lunes, 27 de mayo de 2013

1994. BLACK AFRICA. EPISODIO 1

Era una mañana de domingo de principios de 1994. Prolongamos el desayuno y mientras Alberto devoraba sus periódicos, yo leía el suplemento dominical.

- Irene, ¡mira este anuncio!

Me enseña un diminuto aviso de no más de 3x3 centímetros:

BLACK AFRICA
Expediciones de aventura
Tel. 987 … …

- Podríamos ir a África este año.
- No sé, no es un destino fácil como para ir solos.
- ¿Y si les llamamos a ver de qué van?
- ¿No te parece un poco raro un anuncio tan pequeño y un número de León?
- Sí, pero la peor gestión es la que no se hace. No perdemos nada por llamar.

Llamamos, por supuesto y nos atendió un chico que nos contó que su socio y él querían formar un grupo para hacer una expedición por Kenya, Zaire, Uganda, Ruanda y Tanzania en verano. Que era un safari de un mes de duración en un camión todo terreno “overland” y que si nos interesaba, iban a hacer una presentación, con las fotos de la expedición del año anterior en Madrid en un mes.

¡Los gorilas de montaña! Uno de nuestros sueños. Empezamos a documentarnos para hacer productiva esa larga espera de un mes.

Cuando llegó el día, nos citaron en una cafetería de la zona de Pacífico. Un lugar de lo más corriente, pero que tenía una salita al fondo en la que estaríamos tranquilos y se podía hacer un pase de diapositivas.
Fuimos llegando poco a poco y finalmente nos juntamos un grupo de unos veinte. El chico de León, un chaval bastante tímido e insulso, nos presentó a su socio, quien sería nuestro guía. Era ÉL: un hombre de unos treinta años, valenciano, alto, guapete y con la indumentaria propia de un Indiana Jones en busca de tesoros.

Comenzaron enseñándonos unas fotos espectaculares: la sabana, los bosques húmedos, los gorilas, el camión, las tiendas de campaña…y de repente irrumpe en la sala un grupo de personas muy enfadadas. Insultaban a estos dos:

- ¡Sinvergüenzas, inútiles, estafadores!

Mientras unos casi llegaban a las manos, otros se dirigían a nosotros, los potenciales viajeros, para decirnos que el viaje del año anterior había sido un desastre organizativo.

Cuando consiguieron que se fueran y nos quedamos solos, los guías comenzaron a disculparse por el boicot.
- No vamos a negar que el viaje no saliera exactamente igual que como estaba planeado, pero África es así, imprevisible. No obstante, si después de esto que ha pasado, alguno quiere irse, lo entenderemos.
Murmullos entre nosotros y deliberaciones. Alberto y yo decidimos quedarnos hasta el final, por ver lo que pasaba. Nos quedamos unos diez o doce.

Terminamos de ver las fotos y luego les freímos a preguntas de todo tipo. Al final, viendo nuestra indecisión, jugaron fuerte:

- Hagamos una cosa. El viaje cuesta cien mil pesetas. Quien quiera apuntarse que pague por anticipado solamente la mitad, para cubrir los billetes de avión y los primeros gastos. Y a la vuelta, si estáis conformes con la expedición, nos pagáis las otras cincuenta mil. No queremos que penséis que somos mala gente.

Aquella propuesta mejoraba significativamente las condiciones del viaje. ¿No queríamos aventura? Esta lo iba a ser. Nos apuntamos todos.

La siguiente cita sería a principios de junio en el aeropuerto de Barajas. Un vuelo regular con destino a Nairobi y escalas en Roma y Jeddah.

Y allí en Barajas nos empezamos a conocer todos. Los presento aquí con sus nombres reales, aunque a lo largo del viaje fuimos adoptando motes. Amelia, una enfermera de la Coruña de unos treinta años, gordita y muy simpática. José Antonio, un hombre de unos cincuenta años, que era ornitólogo y sabía mucho de animales, había incluso trabajado con Félix Rodríguez de la Fuente. Ana y Basilio, una parejita de recién casados de Zaragoza. José Luis, un señor de cincuenta y tantos años que se acababa de prejubilar en un banco y había decidido realizar su sueño de conocer África, era la primera vez que salía de España. Alfonso, un hombre joven de Barcelona, algo viajado. Irene, una joven de Madrid, muy graciosa y despistada. Carmen, una chica de aspecto aniñado, muy mona y un poco reservada. Y nosotros dos, que por lo que nos pareció, éramos los que más experiencia viajera teníamos. El guía, Miguel, llegó tarde y el último.
Íbamos todos a la última moda del Coronel Tapiocca y nuestro tema de conversación principal en ese momento fue lo que llevábamos en la mochila: la ropa, los equipos fotográficos, las velas espirales para los mosquitos, el tratamiento anti-malaria, etc.

Irene, la otra Irene, tenía que cambiar dinero. En su despiste había dejado hasta el final aquel asunto, así que la acompañamos a la oficina de cambio.

Cuando estábamos embarcando, otra vez Irene se da cuenta de que le faltaban los billetes de avión y el pasaporte.

- Te lo habrás dejado en la oficina de cambio – le dije.

Alberto fue corriendo con ella y, efectivamente, al cabo de diez eternos minutos llegaron con los documentos de viaje recuperados y embarcamos, ya casi por los pelos.

Ya en el avión, cuando éste despegó, respiramos hondo. Comenzaba una nueva aventura. Era 1 de junio de 1994 y unos meses antes, en abril, se había desencadenado un enfrentamiento entre hutus y tutsis que acaparaba los titulares de todos los medios de comunicación. Nos esperaban los treinta días más retadores que habríamos vivido hasta ese momento.

domingo, 19 de mayo de 2013

CRÓNICAS DE VIAJES. EPISODIO 0

Ayer desempolvé los diarios de viaje que escribí junto a mi marido en la década del noventa. Aquellos años en que teníamos juventud y capacidad de ahorro para, cada año, elegir un destino del mundo y viajar hasta allí con nuestra mochila. Fueron años de inmensa actividad profesional. A los ojos de muchos éramos una pareja de yuppies que se habían apuntado a la moda de hacer viajes exóticos y de aventura. A los ojos de mi madre, ese chico inquieto con el que me había casado iba a conseguir que nos matásemos en cualquier montaña perdida de vaya usted a saber dónde. No le faltaba razón a mi madre, que varias veces estuvimos a punto de morir, aunque de eso creo que nunca se ha enterado.

Para nosotros sin embargo, viajar era una manera de conocer a otras personas, otras culturas, otros paisajes, pero también de conocernos a nosotros mismos, mutuamente y de forma individual. No todas las parejas aguantan juntas las 24 horas del día durante 30 días seguidos. Nosotros no es que nos aguantásemos, es que las disfrutábamos como enanos.

Aquellos viajes en realidad duraban todo el año, porque durante meses nos dedicábamos a planificarlos minuciosamente. Estamos hablando de una época en la que Internet no estaba a nuestro alcance, tampoco había móviles, se utilizaba el fax y el télex, los billetes aéreos se compraban en las agencias de viajes y el dinero se llevaba en travellers checks, las cámaras de fotos eran de carrete y los más “profesionales” usaban película de diapositivas.

El primer paso, una vez elegido el destino, era pasarnos por las agencias de viajes para saber cuáles eran los lugares más turísticos del país en cuestión. En ocasiones, eso significaba incluirlos, pero en muchas otras, precisamente descartarlos ya que huíamos del turismo de masas.

El siguiente paso era comprar varias guías, la Lonely Planet solía convertirse en nuestro libro de cabecera durante esos meses. El objetivo era contactar con alguien que ya hubiese viajado al destino en cuestión o, mucho mejor, que viviese allí. Practicábamos el “couchsurfing” basado en el boca a boca.

Y entonces, llegaba uno de los momentos claves y que recuerdo con mayor cariño. En una hoja tamaño DIN A3 dibujábamos una cuadrícula que sería nuestro calendario de viaje y sobre ella íbamos trazando el recorrido, las ciudades o lugares donde pernoctaríamos cada noche, los medios de transporte para cada día, los alojamientos…Siempre escribíamos a lápiz, porque durante meses era nuestro documento de trabajo que iría sufriendo constantes modificaciones.

-         -  He leído que el Taj Mahal está cerrado los lunes.
-          - Vaya, eso cambia nuestros planes porque tendremos que quedarnos un día más en Agra.
-         -  ¿Y si empezamos el viaje por Benaresh?
-         -  No, no hay vuelos y además prefiero que nos vayamos haciendo al país poco a poco. Benaresh debe de ser muy impactante y además es un buen punto de partida hacia Nepal.

Esas eran el tipo de conversaciones que nos absorbían durante horas y horas.

Ya más cerca del momento de partir, llegaba el asunto de los visados, los pasaportes, las vacunas, los vuelos, el cabio de moneda y el equipaje.


Tengo guardado como oro en paño aquel pasaporte que nos hicimos con una foto en la que no estábamos nada arreglados. Mejor así, porque ese era el aspecto que teníamos cuando llevábamos semanas de viaje. Más de un guardia de fronteras habría dudado de mi identidad si en la foto del pasaporte hubiera salido peinada con moño italiano, maquillada y con traje sastre, que era mi aspecto habitual cuando me ponía el disfraz de bróker de bolsa.
Aquel pasaporte lleno de sellos de todos los colores, porque para eso las autoridades de emigración de algunos países son muy creativas, igual que con sus billetes, y había sellos con tucanes, con letras árabes, con monumentos…

Nunca supimos viajar con poco equipaje. Al final lo conseguíamos porque la capacidad de la mochila era la que era, pero antes de regresar siempre acabábamos regalando ropa que no habíamos usado. Era nuestro reto cada año, reducir el equipaje, pero eso sólo conseguí aprenderlo muchos años después, al hacer parte del Camino de Santiago.

¿Qué condiciones debía tener nuestro destino?

Generalmente buscábamos que estuviera fuera de Europa, porque pensábamos que Europa, España incluida, podríamos conocerla en viajes de fin de semana, puentes y sobre todo, cuando fuésemos jubilados.
Nos gustaban los destinos con culturas diversas a la nuestra y con paisajes naturales extremos: selvas vírgenes, volcanes, montañas elevadas, ríos bravos, llanuras nevadas. Pero aunque nos adaptábamos a cualquier medio de transporte y alojamiento, era importante que los dos o tres últimos días del viaje los pudiéramos destinar a estar en alguna playa en algún hotel con cierto lujo. Por dos motivos (o tres): poder darle descanso al cuerpo, poder adaptarnos poco a poco al modo de vida occidental, ya que solíamos apurar de viaje hasta el último día de nuestras vacaciones y poder bucear si el destino lo permitía.

Costa Rica, Venezuela, Colombia, Guatemala, la India, Jordania, Kenia, Tanzania, Nepal, Bolivia, Perú, Tahití, México, Estados Unidos, Panamá, Finlandia, Cuba, Zanzíbar…y Ecuador.

Aquellos años tan viajeros sólo podían acabar de una manera, con EL VIAJE, en mayúsculas. Nuestro deseo de conocer a fondo otras culturas, con aquellos viajes siempre se quedaba un poco cojo. No dejábamos de ser unos turistas que al final de las vacaciones se volvían a integrar, nunca iguales, a su modo de vida habitual. Sin embargo, la gran oportunidad se nos presentó cuando nos ofrecieron ir a vivir por tres años a Ecuador. Aquel fue el viaje de nuestra vida. En el que de verdad debimos integrarnos en otra sociedad y enfrentarnos al reto de vivir según sus normas, en el que nos enfrentamos a nuestros propios fantasmas, al desarraigo, a la soledad, a la incomprensión, y en el que definitivamente nos convertimos en otras personas.

Hoy, trece años después de nuestro regreso y cuatro desde que me divorcié, he tenido el valor de buscar la caja de mudanzas que se encontraba sellada en el trastero y sacar de ella aquellos diarios que íbamos escribiendo en tiempo real, tomando un refresco en Petra, o encaramados al templo cuatro de Tikal. Nos alternábamos en la escritura. Mientras uno lo hacía el otro solía leer alguna novela ambientada en el país. Son cuadernos que guardan una parte de mi vida en la que fui feliz, muy feliz, y sin embargo al releerlos, en muchos aspectos me cuesta reconocerme en la mujer que era entonces. En ellos hoy veo a un personaje de mí misma y me pregunto cuánto de ella aún permanece.