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miércoles, 13 de noviembre de 2013

LOS ESPEJOS DE AMANDA

—Por favor, retírense, no pueden traspasar la cinta. Contaminarían la escena del crimen.

—Agente, soy el inspector Norris, de la Brigada Central¬ —dijo Alan Norris en tono grave y un tanto rutinario, mientras mostraba su placa al agente y se abría paso entre la muchedumbre de curiosos y periodistas que se aglutinaban a la puerta de la casa de Howard Branson— ¿Han llegado ya el forense, el fiscal y el juez?

—Sí, señor, le están esperando.

—¡Inspector Norris, inspector Norris, por favor, Norah Carneggie para el Herald Tribune! ¿Se tiene ya a algún sospechoso?

Norris se volvió hacia la joven y persistente periodista.

—Señorita Carneggie. El caso está bajo secreto sumarial. Tendrán información a su debido tiempo. Mientras, les ruego que dejen trabajar a las fuerzas del orden.

Y se dirigió hacia el interior de la mansión, dejando atrás las preguntas de los periodistas que peleaban por el titular.

Dentro de la casa, varios agentes estudiaban la escena, recogiendo huellas dactilares, tomando fotografías y notas diversas. Al fondo en el salón el juez Collins y el fiscal Mc Gregor intercambiaban opiniones mientras Goonie, el forense, analizaba el cuerpo inerte del señor Branson. ¡Qué mala suerte, tenían que asignarle el caso al trepa de Mc Gregor!

Norris no se precipitó, más bien se tomó su tiempo para deambular por la casa a solas. La primera impresión del lugar del crimen siempre dejaba pequeños detalles insignificantes grabados en su retina, que más tarde podrían ser la clave para la solución del caso. Sus cuarenta años de servicio le habían acarreado fama de lobo solitario, siempre al límite de lo correcto, siempre arisco, siempre reacio a compartir sus pesquisas y jodidamente hábil en desentrañar los crímenes más complejos.

—Buenas noches Señoría. ¿Fiscal?

—Inspector Norris, le estábamos esperando. Fiscal Mc Gregor, ¿le importaría ponerle en antecedentes?

—Gracias Juez Collins. Al parecer alguien entró por la puerta trasera del jardín. Branson estaba arriba en la biblioteca. Debió de haber una discusión, a juzgar por las librerías derribadas y el estropicio general.

—¿Causa de la muerte?

—Todo parece indicar que le empujaron por las escaleras y se fracturó el cráneo.

—¿Les importa si hago mi trabajo?

—En absoluto, pero Norris —le dijo el fiscal en tono un tanto amenazante— No hace falta que le recuerde que Howard Branson era la fortuna más grande del Estado de Connecticut. Tenemos a los herederos y al Gobernador presionando, eso por no hablar de los medios, los de su propio imperio y a los rivales. Pulcritud, discreción y rapidez.

—Descuide.

—Quiero un informe mañana en mi oficina antes de las 8:00 de la mañana. A las 8:30 habrá una primera rueda de prensa. De momento el juez Collins ha declarado el secreto de sumario.

—Señoría, Fiscal…

Norris se dirigió hacia el forense sin abandonar por un momento su mirada de halcón.

—Bueno, bueno, Goonie, ¿qué tenemos por aquí?

—¡Hola Alan! Fracturas múltiples en cráneo y columna. El tipo debió de caer rodando por las escaleras.

—¿Heridas de arma?

—Nada.

—¿Hora aproximada de la muerte?

—Avisó la hija a las 21:44. Estaba tratando de telefonearle y como no contestaba se preocupó y vino. Cuando llegamos nosotros, el cadáver ya estaba frío. Calculamos que debió de ocurrir entre las 19:00 y la hora en la que la Señorita Branson nos llamó.

Norris recorrió la estancia con la mirada mientras escuchaba la información facilitada por el forense. La descubrió en el despacho lateral.

Emma Branson permanecía de pie en silencio mirando a través de la ventana, ensimismada en sus pensamientos. Traje de chaqueta y falda de tubo, medias negras y tacones y una melena pelirroja, pulcramente ondulada. Tenía la belleza nórdica de su madre, la difunta Karen Branson, la conocida actriz Karen P. Kroenig (por su apellido de soltera), la idolatrada Karen Fall (por su nombre artístico).


—Robert, son las nueve, ¿te parece si dejas el trabajo por hoy y cenamos?

Robert levanta los ojos del teclado y mira a su querida Amanda.

—Sí, creo que ya está bien por hoy.

—¿Un nuevo caso del inspector Norris?

—Sí querida… pero esta vez Norris ya está muy cansado de tanta corrupción y falsedad. Su soledad es más densa que nunca. Ni siquiera su leal Peggie tiene ya capacidad para darle un poco de consuelo. Creo que este será su último caso.

—Siempre dices eso, pero él ya vive en ti. Si le matas o le planificas una jubilación en Florida… tú nunca serás el mismo.

—Esta vez lo haré y nos tomaremos esas vacaciones que llevo años prometiéndote.

Amanda le mira en silencio con aire misterioso. En ella se reflejan la belleza de Karen Fall, la sofisticación de Emma Branson, la picardía de Norah Carneggie y el cansancio de Peggie.

martes, 12 de noviembre de 2013

SOBRE EL BALDE Y OTROS ARTEFACTOS

—Hola, cariño, ¿qué tal te ha ido hoy en la oficina?

—Bien, ya parece que me voy haciendo con los mandos, pero esta gente tiene cada cosa… Espero que nos adaptemos, cielo.

—Seguro que sí. Aún llevamos poco tiempo, no podemos rajarnos tan pronto.

—¿Qué hay para cenar?

—Pues había pensado hacer un pescado con arroz, pero no sé qué ha pasado, que el arroz se me queda duro, como si no terminara de cocerse.

—¡Qué raro!

—Sí, mañana le preguntaré a la vecina, que lleva años aquí. A ver si me cuenta algún truqui. Parece una señora muy maja.

—¿Quién, la de la puerta de al lado?

—Sí, coincidí con ella en el ascensor. Bueno, algo increíble. Nos encontramos en el descansillo, nos saludamos y nos quedamos charlando un rato. Es española también. Y cuando nos montamos en el ascensor, bajaba una pareja. Nos metemos y yo saludo en plan: «Buenos días» y se me quedan mirando todos, hasta la española y nadie dice ni mú. Me he quedado cortadísima, más maleducados… Y nada, luego al salir al portal, como si tal cosa, esta mujer continúa hablando conmigo. Al final, me he atrevido a preguntarle si es que hay mal rollo con los vecinos y me dice que no, que por qué lo pregunto. «No sé, como nadie ha saludado…»  Y se empieza a partir de la risa, por lo visto la maleducada he sido yo, ¡porque aquí en el ascensor jamás se habla!

—¿En serio? Bueno, yo ya me lo creo todo. Si te cuento lo que me ha pasado a mí hoy.

—Espera, que le digo a Rosita que nos vaya poniendo la mesa y me lo cuentas en la cena. A ver si consigo hacerme entender.

—¿?

—Sí, hijo, luego te cuento.

—¡Rosita!

—Sí, señora.

—¿Puede usted preparar la mesa para la cena, para el señor y para mí?

—Ahorita mismo, señora.

—Anda, vente para la habitación y te voy contando en lo que me cambio de ropa. ¡Necesito quitarme esta corbata ya!

—Bueno, ¿y qué te ha pasado?

—Pues le he dicho a Wilson que quería entrevistar uno a uno a todos los miembros del equipo en mi despacho, para presentarme y para que me contaran lo que hacía cada uno.

—Muy bien.

—Total, que primero entra Giovanna, que es mi asistente y me empieza a contar que si también hace cosas de la contabilidad y demás. Muy maja.

—Humm…

—¡Tonta! Bueno, para hacértelo corto, han ido pasando todos y, claro, cuando salían se lo debían de ir
contando unos a otros, el caso es que entra Roberto, que es un chaval jovencito que lleva la informática. El pobre estaba nerviosísimo, sudando. Y yo, imagínate, hasta los huevos ya, después de haber entrevistado a veinte.

—Pobre chaval.

—Total, que nada, le doy la mano, me presento, le pregunto cómo se llama y que cuáles son sus funciones y va y me suelta: «Espéreme un ratito, señor lisensiado, que saco la polla».

—¿Quéeeeeee?

—Imagínate la cara que he debido de poner. Y va tan pancho y saca un papelito, una chuleta, donde tenía todo apuntado. Me mira, me sonríe y me dice: «Es que lo he anotado todo para que no se me olvide».

—Jajajaja ¡qué situación! ¿Y qué le has dicho?

—Pues nada, me he empezado descojonar y luego todo lo serio que he podido, porque de verdad el chico estaba temblando, le digo: «Ingeniero, es que tal vez usted no sepa que en España el término polla se refiere al órgano sexual masculino».

—Ay, el pobre, se querría morir.

—Sí, pobrecillo. ¡Los demás ya han entrado con todo en la cabeza! Anda, ¡vamos a cenar! Me muero de hambre.

—¿Señora? No sea malita, ¿me podría indicar si está todo a su gusto?

—Sí, Rosita. Mire, el tenedor se coloca a la izquierda y el cuchillo a la derecha. ¿Ve? Así.

—¡Ahhhh!

—Déjeme que ya sirvo yo la cena.

—Sí, señora. Si me necesitan, no sea malita y deme timbrando en la cocina.

—Mira, tatar con esta mujer es agotador. No te creas, que yo también tengo lo mío.

—¿Sí? ¿qué tenemos hoy de nuevo?

—Pues esta mañana voy y le digo: «Rosita, cuando haya terminado con la cocina, coja el cubo y la fregona y dele un repaso al suelo».

—Huy, ya me lo estoy viendo. Que aquí no se puede utilizar coger.

—Ya, me he dado cuenta tarde, pero si sólo hubiera sido eso… Se me queda mirando con una cara de pasmada que ni te imaginas y se queda ahí quieta, sin hacer nada. Y yo: «Rosita, ¿me ha entendido usted? » Y esta, igual que el ingeniero ése tuyo, empieza a ponerse nerviosa y al final me confiesa que no, que no sabe lo que tiene que hacer.

—¿Y qué has hecho?

—Respirar muy hondo y rebuscar palabras en mi diccionario mental hasta que he dado con la clave. Cuando le he dicho: «Vamos a ver, Rosita, agarre este balde y el trapeador y pase el piso», se le ha iluminado la cara y me ha respondido: «Ahhhhh, así ha sabido ser…»

viernes, 18 de octubre de 2013

DESENCUENTRO ESPACIAL

¿Recuerdas cuando jugábamos? 

Tú eras el Zar de Rusia y yo la Princesa de la hamaca ecuatoriana. Viajábamos al Polo Norte o buscábamos un faro en alquiler para instalar nuestro refugio. ¡Cuántas veces nos fuimos a dar un paseo en nave espacial! Yo experimentaba con el rayo violeta mientras tú registrabas el eco del Big-Bang y, como Robert Redford y Meryl Streep en Memorias de África, imaginábamos cómo sería que me lavases el pelo en el espacio, en ausencia de gravedad.

Aquellos fueron tiempos felices… hace ya ¿noventa años? Tal vez más. Tú eras mucho más joven que yo, pero ¿qué son ahora diez años de diferencia, cuando las personas podemos vivir hasta los ciento cincuenta? Nunca encontramos la partícula de Dios, pero descubrimos cómo eliminar las enfermedades. La gente dejó de morirse de cáncer, de malaria, de infecciones. De repente nuestros horizontes se ampliaron y pudimos hacer cosas que antes eran inimaginables.

Sí, fui una de esas supervivientes, aunque nunca llegaras a saberlo.

Desde este trasbordador espacial, orbitando a quinientos kilómetros de la Tierra, América se ve verde, como en las fotos de la NASA que tantas veces vimos en Internet en aquella época.

Yuri, estoy cumpliendo el sueño de viajar al espacio, pero era nuestro sueño, el sueño de los dos. Cómo me gustaría que estuvieras aquí.

**********
¿Dónde estarás, princesa? Cuando me dijiste que tenías que alejarte y ponerme en cuarentena, nunca imaginé que los días se convertirían en años y que jamás volveríamos a vernos. ¿Tanto daño te hice?
Durante años seguí silencioso tu rastro por las redes, hasta que desapareciste por completo. Nunca te he olvidado.

Te recuerdo siempre cuando me decías: «Yuri, sueña y hazlo a lo grande».  Te hubiera gustado saber que finalmente me inscribí en la lista de locos que viajarían a Marte en el Grashopper. Hace una hora que hemos despegado desde la lanzadera MARS de Virginia. Se ve bonita la Tierra desde aquí.

Princesa, este es un viaje de no retorno, lo sé, pero ¿qué más da, si tú no estás aquí?

miércoles, 2 de octubre de 2013

EN EL «GHAT» GANGAUR

Sajjan Singh se levantó temprano aquel día, al amanecer. Era una costumbre que había adquirido desde hacía un mes, cuando se trasladó al palacio de verano sobre el Lago Pichola.

Entre los meses de abril a junio, cuando las temperaturas subían hasta alcanzar los cuarenta y cinco grados, la familia del Maharajá de Mewar, al completo, abandonaba el palacio de invierno en el centro de Udaipur, para disfrutar del clima más fresco que aportaba la humedad del lago.

Desde la terraza noreste de su palacio-isla, se relajaba contemplando a lo lejos la actividad que, ya desde tempranas horas del día, se desarrollaba en el «Ghat» Gangaur. 

En aquellas escaleras que descendían hasta las aguas del lago, hombres y mujeres acudían diariamente a su aseo personal. Los hombres, ataviados con una tela de algodón blanca que ataban a su cintura y con la que apenas cubrían sus partes íntimas, se metían en el lago y se enjabonaban todo el cuerpo, incluso la cabeza.

Unos metros más allá, las mujeres con sus saris de vivos colores descubrían sus pechos y procedían igualmente a enjabonarse el cuerpo de manera que no se les viese nada más.

Un ritual diario antes de que cada cual se dirigiera a sus actividades cotidianas, de acuerdo a su casta.

Poco después llegarían las «dhobi», aquellas mujeres con enormes fardos de tela sobre su cabeza y una pala de lavar en las manos. Era relajante verlas trabajar, lavando las prendas al ritmo acompasado de sus palas de madera, con las que golpeaban las telas sobre los escalones del «ghat». 

En invierno, Sajjan Singh solía acudir a los «ghats» vestido como uno más, escondiendo su condición de rey. Le gustaba observar de cerca a su pueblo. Y en aquella mañana de verano, aunque más alejado, aún podía evocar las conversaciones risueñas de las mujeres mientras lavaban la ropa.

Fue en una de esas incursiones de incógnito como se fijó en Lata, una lavandera joven de ojos profundos. Su sari de color naranja que le moldeaba una silueta de bonitas curvas, sus pies descalzos, su larga melena negra… rebosaba sensualidad y sin embargo, su mirada desprendía tristeza cada vez que, disimuladamente, posaba los ojos en uno de los muchachos que se bañaban, al otro lado de la barandilla.

Indagando, descubrió que Lata, que apenas tenía quince años, había contraído matrimonio a los cuatro con un hombre joven que trabajaba junto a su padre, en el teñido de telas. Cuando llegó a la pubertad y siguiendo la tradición familiar india, Lata se fue a vivir con su esposo a la casa de los padres de este. Una niña de doce años en manos de su marido de casi treinta.  Salir cada día a lavar la ropa era su única oportunidad para ver a chicos de su edad.

Matrimonios convenidos desde la infancia, amores imposibles, un pueblo dividido en los compartimentos estancos que eran las castas y una sociedad en la que el hombre ejercía una clara supremacía sobre la mujer. Así era la gente sobre la que debía gobernar, así era la sociedad tradicional en la que Sajjan Singh vivía y gracias a la cual, su familia se perpetuaba en el poder como una de las dinastías más antiguas del mundo.

Él era muy joven cuando murió su antecesor, su primo Shambu. Él, que amaba la poesía, la música y las artes, quería el progreso y la prosperidad para su pueblo. Por eso se alió con los británicos para que le apoyaran en la lucha contra su tío por la sucesión. Por eso acababa de crear el «Shri Desh Hitaishini Sabha». Un foro en el que debatir sobre la educación de las mujeres, sobre las supersticiones, sobre el consentimiento mutuo del hombre y la mujer a su propio matrimonio, sobre un enfoque moderno de la medicina…

Desde la terraza de su palacio en la isla de Jadmandir,  aquel amanecer del verano de 1877, Sajjan Singh contemplaba a lo lejos a las mujeres lavando la ropa en los «ghats» y soñaba con un futuro diferente para su pueblo. 

martes, 24 de septiembre de 2013

TODOS PARA UNO


Llegaba invariablemente los jueves por la tarde. Con aquellos mechones de pelo pegajoso, en un infructuoso esfuerzo por disimular la calva. Traje de saldo de grandes almacenes. Corbata gruesa, siempre de colores oscuros. Gafas de moldura plateada y un anillo de oro con un escudo en el meñique de su mano derecha. La misma con la que agarraba el inquietante maletín.

“Elonisidoro”, le llamábamos. Nuestra bestia negra, igual que su maletín.

Desde el día anterior se respiraba intranquilidad en la casa. Mi madre eludía todas las preguntas y trataba de desviar nuestra atención.

Aquella tarde de miércoles, mientras ella preparaba la cena, Juanito, mi hermano mayor, nos convocó en su cuarto.

- Tenemos que hacer un plan. Mañana una de vosotras, por lo menos, se tiene que salvar.

Entre cuchicheos, decidimos que él, que se libraba esa semana “vayaustéasaberporqué”, le entretendría mientras nosotras tres escapábamos.

Vivíamos en el noveno piso de una torre de quince, en un barrio de clase media de los antaño extra-radios de Madrid.

Llegó el jueves por la tarde.

- ¿Hoy viene Elonisidoro, mamá”? – preguntó Luisa, la menor, que por aquel entonces no tendría más de cuatro o cinco años.
- Sí, y se llama Don Isidoro, a ver si ya vas aprendiendo a hablar bien, hija.

¡Ding-dong!

Miradas de terror cómplice. Mis piernas temblaban, respiraba agitadamente y un sudor gélido me recorría el cuerpo en escalofríos.

- Buenas tardes, Don Isidoro.
- Buenas tardes, Doña Angelines, ¿cómo está la tropa?
- Pues más o menos, como siempre.
- ¿Su marido está?
- Estará a punto de llegar, me llamó desde la oficina hace más de media hora.
- Pues muy bien, dígame, ¿dónde todos los días?
- Sí, por favor, pase, voy a llamar a los chicos y en lo que usted saca sus cosas del maletín yo le traigo el agua.
- ¡Niños!, está Don Isidoro en el salón, id a verle.

Como terneritos de camino al matadero, fuimos apareciendo por allí, sin quitarle ojo al maletín de los horrores.

- ¿Qué pasa chavales? - decía Elonisidoro mientras de su maletín sacaba una bandejita metálica en la que depositaba agujas, muchas agujas, grandes, largas, amenazadoras.

Mi hermano nos hizo el gesto acordado, cruce de dedos de su mano izquierda, que indicaba que se ponía en marcha el plan.

 - Juanito, parece que creces por días, estás ya muy alto.
- Sí, este año voy a octavo - le contestó mientras se acercaba al hombre y desenfundaba una pistola de juguete- ¡Manos arriba! Esto es un secuestro.

Elonisidoro el perverso subió las manos siguiéndole el juego, pero su maldad era infinita. En ellas escondía su armamento químico en un frasquito de cristal.

De repente todo empezó a transcurrir muy deprisa. Juanito se abalanzó contra él, dio un manotazo a la bandeja en donde estaban todas las jeringuillas, agarró el maletín y se refugió en su habitación. Entre ruidos de cristales rotos, nosotras salimos disparadas, mi hermana Marian se encerró con pestillo en el cuarto de baño y Luisa y yo corrimos hacia la puerta de la casa, esquivando a nuestro padre, que entraba en ese momento. Luisa corrió escaleras abajo y yo hacia arriba.

- ¿Qué está pasando aquí? -dijo mi padre con voz furiosa.
- ¡Ay, Juan! que los niños se han amotinado. Ve por las pequeñas, que como salgan a la calle les puede pillar un coche.

Desde el rellano del piso quince, con el corazón en la boca, escuchaba a mis padres discutir y a Elonisidoro quejarse de lo maleducados que éramos.

Respiré un poco cuando sentí que mi padre se iba a toda prisa hacia abajo. “¡Pobre Luisa! Va a ser la primera en caer”.

En la casa todo parecía complicarse:

- ¡Juanito! ¿Dónde está el maletín?
- bsbsbsbs – no conseguía oírle, pero intuía que estaba confesando.
- ¡Que has hecho qué? ¡¡Por la ventana??

Los vecinos habían salido y alguien daba golpes en la puerta del baño. Pude escuchar a Ramón, el fontanero del 8ºA:

- Déjame Nines, que desmonto la puerta en un pis-pas.
- Noooo, nooooo, ¡no quiero salir! – aullaba Marian.

- ¿Será posible, los mocosos estos la que han liado! – gritaba mi madre fuera de si.

Volvió mi padre con Luisa llorando.

- Aquí te la dejo, Angelines. La he cogido cuando iba por el tercer piso. Voy a buscar a Rosi.

 “¡Oh no, han caído los tres!”.


Le oí que volvía a bajar hacia la calle.


Pasaba el tiempo y abajo se hizo el silencio. En mi refugio sentía cómo el terror iba dando paso a una ligera sensación de triunfo.

- Mire Doña Angelines, con todo este revuelo, creo que es mejor que me vaya. Estamos todos muy alterados. A ver si controla mejor a sus hijos, que el Benzetacil no es para tanto. Y ya me dirá cómo arreglamos lo del maletín.

- ¡Toma, toma, toma! ¡Hemos ganado! – exclamé y en mi alborozo no me percaté de que la figura enorme de mi padre estaba delante de mí.
- ¡Rosa! – me gritó cogiéndome en brazos con fuerza. Ven aquí que no sé si ponerte el culo morao o comerte a besos. ¡Vaya susto que nos has dado!

jueves, 12 de septiembre de 2013

SUPERVIVIENTES



Madrid, 9 de diciembre de 1936. Barrio de Tetuán.

Desde hace varios días caen bombas por la cuidad. Juana tiene miedo. Su marido aparece y desaparece cuando le viene en gana y ella está sola con los cinco niños y el que está a punto de llegar. ¿Qué va a ser de ellos? Son las ocho de la noche y suenan las sirenas.

- Niños, ¡corred a refugiaros en el metro! Anita, hazte cargo de los pequeños y dile a la señora Luisa que venga, creo que estoy de parto.
- Sí, Madre. Danos la bendición.
- Que el Señor os proteja a todos.


A la luz de las velas, en aquella noche en la que los bombardeos también colaboraron en la labor de parto, nació Angelines, la pequeña de seis hermanos, hija de la guerra.



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Madrid, 15 de junio de 1937. Calle del Amparo, Lavapiés.

Daniel y su hermano José juegan en la azotea del minúsculo piso en el que viven con su padre, sus otros cuatro hermanos y Don Félix y su mujer, la señora Paca, a quienes realquilan un cuarto. Son afortunados, tienen la terraza y baño propio.

- Pepe, coge bien al gato del pescuezo y cuando te diga “ya” le tiras por la barandilla. ¿Qué te apuestas a que cae de pie?
- No me apuesto nada, siempre caen de pie. Mira bien que no pase nadie por debajo.
- ¿Te has fijao en el huerto de las monjas?
- Sí, qué cabronas. Mucho rezar, mucho rezar, pero míralas, a ellas no les falta de nada.
- Pero mira bien, ¡si tienen hasta conejos! Esta noche saltamos la valla y les quitamos unos huevos.
- Hecho, pero ¿qué? ¿tiro al gato ya?


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Madrid, 26 de abril de 1941. Pacífico

“La guerra por fin terminó. Las niñas exiliadas en Paterna, Manolo con la ambulancia, que me tenía en un tris, que cualquier día se mataba por esas carreteras de la Sierra de Gredos, si es que no lo mataban antes. Los viajes en tren desde el pueblo hasta Atocha con la comida escondida en los refajos.  Por fin ahora estamos todos juntos, pero ¿quién iba a imaginar que estos años serían aún peores?”

Lorenza, con apenas treinta años, sabe ya mucho de la vida dura. Le acaban de traer de Garciotún un paquete con garbanzos, de "extraperlo". No sabe cuánto pesa y lo tiene que repartir con sus dos hermanas. Se guarda el cucurucho en el doble fondo de la chaqueta y baja a la tienda de ultramarinos de la Isa. Es de confianza. Le dejará que los pese para que pueda hacer partes iguales.

Cuando entra en la tienda, ve que hay una pareja en el interior. Se empieza a poner muy nerviosa. El hombre la mira de arriba a abajo. Ella intenta entablar conversación con la tendera, simulando un tono de voz lo más natural posible. La mirada de la Isa le dice: ¡prudencia!

Sin poder evitarlo, nota cómo un reguero de garbanzos le resbala por la pierna y cae al suelo, llamando la atención del hombre, que se acerca a ella y se identifica como Guardia Civil. Todo su cuerpo tiembla. En ese momento, la mujer que acompaña al policía se aproxima también, le coge del brazo y le dice:

- Fermín, déjalo por hoy. Es una buena mujer.
- Ande, váyase a casa – le dice el guardia.

Lorenza respira y apenas puede susurrar un gracias. Llega a casa con un fuerte temblor en las piernas, que ya ni la sujetan.

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Madrid, 2 de octubre de 1992. La Moraleja.

- A ver, por favor, toda la familia póngase ahí en las escaleras.
- Abuela, ven, ponte aquí conmigo.
- Así…muy bien, la familia del novio que se coloque a su lado, a la izquierda y la de la novia a la derecha. Necesito que se arrimen todos un poco más para que salgan en la foto.
- Tu hija está preciosa – le dice Lorenza a Angelines.
- ¡Quién nos lo iba a decir, Loren! Que con todo lo que hemos pasado y que ya estemos casando a los pequeños y que estén todos tan bien colocados. Tu nieto va a llegar muy lejos, ya lo verás.
- ¡Angelines, ven aquí a mi lado! – la llama Pepe. ¿Has visto alguna vez un padrino tan guapo? Le dice mientras la agarra por la cintura y le guiña un ojo.

domingo, 9 de junio de 2013

PROCRASTINACIÓN


Estaba en una de esas tediosas conversaciones telefónicas con el padre de sus hijos cuando le oyó decir:

- Deberías dejar de procrastinar.
- ¿Cómo dices? 

Era la primera vez que escuchaba semejante palabro, no tenía ni idea de lo que significaba, pero por el tono de la sentencia, no auguraba nada bueno. Mientras él seguía con la perorata, su imaginación empezó a volar, como siempre. ¿Qué aspecto tendría una procrastinadora? La primera imagen que le vino a la cabeza fue la de una mujer enfundada en un traje de cuero negro, botas altas (negras también) y un látigo. “¿Igual me estoy excediendo?” Entonces pensó en una seria institutriz del siglo XIX, vestida de negro desde el cuello hasta los pies, con un moño alto y regañando a una niña de tirabuzones. 

«Vaya – se dijo - ¡Me lo podría haber dicho hace dos semanas! Me habría salido un estupendo relato para el tema “vestido negro”». 

Terminó aquella conversación telefónica como pudo. Su exmarido se estaba volviendo cada vez más redicho, si es que eso era posible, a la par que entrometido en sus asuntos.

Amante de las letras como era, y de su lengua española en particular, decidió no retrasar ni medio minuto la indagación sobre aquella palabra nueva. La anotó en un papel para que no se le olvidara y se dirigió a la Alta Autoridad Competente en la materia, o sea, el diccionario de la R.A.E. Estaba segura de que le acababan de colar un anglicismo como una catedral. Cuál fue su sorpresa cuando encontró la palabra:

(Del lat. Procrastinare)

1. Tr. Diferir, aplazar

“¡Será cretino!” Pensó totalmente indignada, ya no solo porque no se tratara de un anglicismo, sino porque además él tenía razón. Su tendencia a diferir ciertas decisiones estaba condicionando algunos aspectos de su vida. Bueno… él tenía razón solo en parte, procrastinar era un verbo transitivo. «El muy listillo tendría que haberme dicho: “Deberías dejar de procrastinar tus decisiones”» – concluyó con aire triunfal.

El caso es que por su manera de ser, de natural afable y dispersa, se le olvidó la anécdota y comenzó a divagar sobre aquellas decisiones que estaba postergando (postergar, verbo transitivo igualmente, le parecía más apropiado en su caso y además mucho más sonoro). Y en ese deambular de la mente se empezó a aburrir, ya que si las estaba postergando era precisamente por aquello de que no le apetecía ponerse con esos temas. Y su cabeza siguió por otros derroteros. ¿Por qué procrastinar o incluso postergar tenían que tener connotaciones negativas? Le encantaban los re-encuadres por lo que empezó a buscarle la parte positiva al asunto y así, llegó a algunos capítulos de su pasado.

¿No fue gracias a que retrasó su incorporación a la vida laboral que había pasado el mejor año de su vida, viajando por el mundo? ¿Tendría hoy unos hijos maravillosos si aquel verano del 96 no hubiese decidido aplazar su separación? ¿Y si aquel día en que estaba profundamente deprimida no hubiera diferido su intención de suicidarse? Porque justo cinco minutos más tarde le entró la llamada de Javier, el chico que por aquel entonces entraba y salía intermitentemente de su vida: “Hola – le dijo- te echo mucho de menos y creo que ya está bien de hacer el tonto”. Claramente, hoy no estaría casada con él.

A fin de cuentas la procrastinación le había reportado más de una alegría. Mucho de lo que era hoy en día se lo debía  a ese espíritu relajado, a ese dejarse fluir con la vida. En realidad se trataba más bien de una cuestión de prioridades. Había tomado la decisión de enfocarse en hacer las cosas que le gustaban  y empezaba a cansarse de tantos “deberías” y “tienes que”, especialmente viniendo de quien venían. 

Algún día daría un puñetazo encima de la mesa, pero no hoy…algún día.

martes, 4 de junio de 2013

HEREJES, CIENTÍFICOS Y MÍSTICOS


"El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad." Víctor Hugo 

Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford. 1988. El Dr. Bruce Lipton defendía sus nuevas teorías ante una comunidad de científicos entre los que se encontraban los más prestigiosos genetistas del momento.
“Colegas, he estudiado la biología celular durante décadas. Participé en los estudios de descodificación del genoma humano y en la clonación de células madre y hoy, tras años de investigación, debo decir que estábamos equivocados.”

Un murmullo rompió el silencio inicial.

“Sí, creímos que al descubrir la estructura del ADN, la genética lo explicaría todo. Cualquier enfermedad, dijimos, tiene un origen genético y hoy afirmo que con ello condenábamos a la humanidad, haciéndola víctima de un futuro predestinado por los genes y sin posibilidad de acción. Todo está escrito en los genes, defendimos. Hoy estoy en posición de afirmar que ese postulado no es cierto.”

Los rumores se transformaron en gritos de indignación.

“Compañeros, les ruego silencio para que el Dr. Lipton pueda acabar su exposición y al final podamos debatir” – terció el Dr. Bensch, quien presidía el evento y era el único que, no sin reservas, había decidido dar una oportunidad a Lipton de exponer sus novedosos descubrimientos.

“Gracias, Dr. Bensch. Un ser humano está compuesto por 50 trillones de células que conforman un sistema. El ser es una comunidad. No son las hormonas ni los neurotransmisores los que controlan nuestro cuerpo, sino nuestras creencias. Propongo que abandonemos las tesis del neodarwinismo, que nos considera como meros robots en permanente guerra biológica por la supervivencia y recuperemos a Lamark, fundando una nueva biología, la epigenética. Más allá de la genética, nosotros mismos podemos reprogramar nuestros genes y ver la vida como un viaje de cooperación. Afirmo que podemos programarnos para ser felices, si cambiamos nuestras creencias. Las percepciones correctas conducen al éxito, las percepciones falsas amenazan la existencia”.

El Dr. Lipton no fue quemado en ninguna hoguera, pero sí fue rechazado por la comunidad científica, que prefirió continuar aferrada a las tesis neodarwinistas, y fue tildado cuando menos de pseudocientífico y esotérico. El propio Lipton reconoce que pasó de ser un científico agnóstico a místico.

Casi cuatro siglos antes, en 1633, el científico Galileo se enfrentaba a un proceso abierto por la Iglesia de Roma. Gracias a la invención del telescopio, sus investigaciones demostraban ciertas las tesis de Copérnico de que la Tierra orbitaba alrededor del Sol. Sus afirmaciones rechazaban abiertamente la filosofía aristotélica y la teoría geocentrista, defendidas por la comunidad de sabios del momento, mayormente jesuitas. Galileo, bajo amenazas de tortura, salvó su vida tras confesar y abjurar de sus ideas.

Ciencia y espíritu parece que son incapaces de convivir pacíficamente. Hace 400 años, a los científicos que se atrevían a cuestionar las ideas existentes se les acusaba de herejes. Hoy son muchos los científicos que están abandonando sus posiciones agnósticas para defender posturas más espirituales y son automáticamente expulsados de la comunidad científica. Los fanatismos nunca fueron buenos, por ninguno de los dos extremos. 

Me pregunto cómo evolucionará la ciencia. Si pudiéramos hacer un viaje en el tiempo hacia el futuro, me gustaría saber qué lugar ocuparán en la historia personajes como Lipton. ¿Seremos capaces los hombres de dar explicaciones científicas a los fenómenos del alma? ¿Será la evolución de la física cuántica la que produzca el cambio de paradigma actual? Tengo la impresión de que estamos siendo testigos de un paso de gigante en la evolución de la humanidad y no nos estamos enterando.


domingo, 26 de mayo de 2013

LO VAS A HACER MUY BIEN

Desde de que nos conocemos, hace más de treinta años, Elsa siempre ha vestido con ropas de colores alegres. Cada vez que salíamos de compras yo siempre le decía: “Elsa, gordi, la ropa oscura estilizaría tu imagen. Te lo digo con todo el cariño del mundo”. Nunca se tomaba a mal mis comentarios sobre su cuerpo pero, terca como una mula, seguía insistiendo en sus camisas naranjas combinadas con pantalones fucsia.

Y así ha sido ella siempre, a su aire, ella misma. La vida nos ha llevado juntas por caminos a veces difíciles y a veces divertidos y últimamente me tiene preocupada. Un día, hace un par de años, me contó que había hecho un viaje astral. La encontré taciturna durante varias semanas y luego se le pasó. Pero sigue haciendo cosas raras. Por ejemplo lo de leer. Siempre habíamos compartido los libros que nos gustaban, tampoco nada del otro mundo, novela histórica y best sellers como los de Dan Brown, pero es que desde hace un año le ha dado por leer a Lao Tsé y a Osho, y de verdad, que la encuentro muy rara.

Hace un mes me contó que había ido a ver a un terapeuta especializado en regresiones y que estaba haciendo un trabajo de sanación. Me dio mucha pena por ella. La vi absorbida por todos esos asuntos esotéricos y de energías positivas y pensé que cualquier día me diría que se iba a Oklahoma con alguna secta, como esas del Richard Gere.

La semana pasada me escribió ¡un email en letras verdes! Bueno, esa es otra, ahora ya no quedamos para tomar cañas y a fundir la VISA como antes. En él me contaba que la terapia de regresión le estaba ayudando mucho:

“Mi querida Marta. Sé que ya no nos vemos como antes, pero has de saber que te sigo queriendo igual o incluso más. He descubierto el amor universal e incondicional.

Quiero contarte lo que ha pasado con las sesiones de regresión que te dije. Tomás es un hombre especial, sabe escuchar no sólo las palabras, sino el lenguaje del alma. El primer día, sin apenas yo contarle nada de mi vida me dijo: “Tu padre está muerto, ¿verdad?” Me quedé de piedra. “No temas, es que va siempre contigo y ahora está aquí con nosotros para ayudarte”. En otro momento me habría ido corriendo de allí, pero lo dijo con una voz tan tranquilizadora y estoy tan curiosa desde aquel viaje astral que te conté de hace años, que decidí quedarme.


Empezamos la sesión y me dijo que cuando contara tres hacia atrás, tendría que irme hasta el día en que se murió mi padre y fijarme en todos los detalles. “Tres, dos, uno, vete al día en que murió tu padre”. Fue muy fuerte, Marta. Me acordé de todo, hasta del más pequeño detalle. Recordé cómo mi madre vino a despertarnos aquella mañana a mi hermana y a mí. Yo dormía en la litera de arriba y según la vi, con la cara desencajada y horrible toda de luto, solamente pude decir “¿Se ha muerto papá?” Después vi cómo Luisa, la súper amiga de mi madre entraba a nuestra habitación y con una voz muy dulce, le hablaba a mi hermana: “¿Sabes Cristi? tu papá ahora está en el cielo y está muy bien”. Desde la cama de arriba yo lo oía todo y lloraba sola, desconsolada.

Tomás me despertó y yo estaba llorando como una niña pequeña. Me habló dulcemente y me dijo: “Cálmate, todo va a ir muy bien, pero tienes que hacer un trabajo y poner mucho de tu parte”.

En la siguiente sesión me pidió que cuando contara hasta tres, de nuevo en sentido inverso, me fuese otra vez al día en que murió mi padre, pero a un momento preciso, cinco minutos antes de que mi madre me despertase; que me imaginase que yo, así como soy ahora, una mujer adulta, entraba en la casa de mis padres y sin hablar con nadie me iba directamente a la cama donde estaba esa niña y me pusiera junto a ella y que cuando la niña se despertase y volviese a vivir todo aquello, yo tendría que consolarla.

Marta, aquello fue increíble. Empecé como en un sueño. Me vi entrando a casa de mis padres con mi propia llave y allí había un montón de gente llorando alrededor de la cama de mi padre que estaba muerto. Contemplé la escena y me dirigí hacia mi habitación de cuando era pequeña pero, cuando iba por el pasillo, sentí una mano que me cogía del brazo. Era mi padre. Estaba allí a mi lado y me decía: “Hola Elsa, me alegro de verte. No te preocupes por esa gente. Están alrededor de un cuerpo, pero yo ya no estoy ahí. Ve a lo que has venido, lo vas a hacer muy bien”.

Seguí hacia mi cuarto, contenta y segura por haber hablado con mi padre, me metí en la cama con la niña, o sea conmigo misma, y cuando llegó mi madre, me despertó y luego se fue, me quedé yo con ella, las dos juntas abrazadas. Luego me desperté. Fue maravilloso, Marta. ¡Me sentía tan en paz, tan bien!


Estoy deseando verte y que hagamos algo juntas, como siempre.

Un beso,

Elsa”



Ayer vi unas fotos suyas en Facebook. En la presentación de un libro o algo así. Llevaba un vestido negro de cóctel. Estaba preciosa. Resplandecía.

lunes, 20 de mayo de 2013

BATIENDO RÉCORDS

Queridos telespectadores, hace una semana nuestro compatriota James Coleman batió un nuevo récord. En una granja de Australia, ha construido el laberinto más grande del mundo, con una extensión de 200 mil metros cuadrados; 300 kilómetros de pasillos en los que ha utilizado diferentes materiales como bloques de hormigón, paredes de cristal, setos vegetales o vallas de madera. En él nos podemos encontrar trampas, caminos sin retorno, espejos, túneles, incluso pequeños refugios en donde pernoctar…y una única salida. Los intrépidos que se atrevan a desafiar al laberinto, llevarán una mochila con víveres y un localizador GPS, para poder ser evacuados en caso de desfallecimiento.

James Coleman ya saltó hace años a todas las portadas de los periódicos por formar parte de la expedición que en 2008 descubrió el mítico laberinto de Egipto. Es una persona bastante inaccesible y hoy nos hemos propuesto averiguar algunos datos sobre su niñez, para lo cual su hermano, el Sr. Simon Coleman nos recibe hoy en su casa de Stirling:

- Señor Coleman, le agradecemos que haya tenido la cortesía de concedernos esta entrevista para la BBC2 Escocia.

- El gusto es mío, aunque en realidad yo no soy protagonista de nada. Es mi hermano James quien bate todos los récords.

- Es cierto, su hermano acaba de construir el laberinto más grande del mundo, batiendo el anterior récord de Tom Pearcy. Pero, permítame que le diga, que su hermano es un tanto esquivo con los medios.

-  Sí, James siempre fue un friki desde que éramos pequeños.

- ¿Cuándo empezó su afición por los laberintos?

-  Tendría tres o cuatro años. Teníamos esos típicos cuadernos de pasatiempos infantiles. Esos en los que hay dibujos para colorear, figuras que trazas siguiendo una numeración y laberintos. Siempre se pedía resolverlos él.

- ¡Vaya! sí que empezó siendo muy pequeño. ¿Cómo era su hermano a esa edad?

- Pues, él y yo siempre nos hemos llevado muy bien, hemos jugado mucho juntos, pero también había momentos en los que James se encerraba en su habitación y vivía en su mundo. Recuerdo que mi madre, en uno de sus viajes a Londres, le compró un libro que contenía 500 laberintos. ¡Estuvo una semana sin parar hasta que consiguió resolverlos todos!
- Por lo que veo, sus padres fomentaban esa afición.

- La verdad es que nuestros padres siempre nos han respetado mucho y nos han alentado para que siguiéramos nuestro propio camino, dejándonos elegir nuestras aficiones, nuestra vocación y nuestros amigos. Son muy liberales.

- Y ¿cómo dio el salto a construir sus propios laberintos?

- Yo creo que responde a su tendencia natural de retarse a si mismo y a los demás. De niños veraneábamos en España, en una playa que cuando bajaba la marea dejaba inmensas extensiones de arena mojada. Ese era el momento de James para, con un palo, dibujar complicados entramados en la arena. Podía estar dos horas dibujándolos y después nos retaba a toda la familia a resolverlos. Cada año los hacía más difíciles. Durante el invierno, tenía un gran cuaderno cuadriculado en el que diseñaba nuevos laberintos.

- Y, ¿conseguían encontrar la salida?

- Ja, ja, ja. ¡A veces no! Pero él siempre tenía en su cabeza todos los caminos posibles, las trampas, las vías muertas… ¡todo!

- Una mente maravillosa…¿en algún momento se ha sometido a pruebas de inteligencia?

- Pues por lo que me comentó mi padre, pasó una época en el colegio en la que no obtenía buenos resultados y en clase estaba muy alterado. Coincidió con el divorcio de mis padres, así que le llevaron a un psicólogo, porque pensaban que quería llamar la atención. La psicóloga le hizo un test y quedaron sorprendidos porque sacó un CI superior a 150, pero en algunas áreas, como la capacidad visual llegaba a los niveles máximos que permitía el test.

- ¿Y…cómo es la convivencia con un niño superdotado?

- Bueno, nunca le prestamos demasiada atención a aquello. Siguió yendo al mismo colegio y sacando peores notas de lo que podría. Siempre decía que se aburría mucho en clase y era bastante caótico con las tareas y sobre todo con la gestión del tiempo. A mí a veces me desesperaba, tener que estar siempre esperándole y llegar tarde a clase.

Pues ya ven ustedes que James Coleman es todo un personaje peculiar, que responde al tópico de genio despistado y que sigue la senda de tantos brillantes inventores que ha producido este país.

- Señor Coleman, debemos concluir nuestra retransmisión, pero no me gustaría despedirme sin antes agradecerle que haya accedido a compartir sus recuerdos con nosotros y pedirle que, si tiene ocasión, le exprese a su hermano nuestra profunda admiración.

- Muchas gracias a ustedes.

Queridos telespectadores, hasta aquí nuestro programa de hoy. Les dejamos con unas impresionantes imágenes del maravilloso laberinto. ¿Alguno de ustedes se atreve a aceptar el desafío?



Irene Aparici


Dedicado a mi hijo Javier, incansable diseñador de laberintos y a su hermano Sergio, su mayor admirador.


sábado, 4 de mayo de 2013

TE CONTARÉ UN DÍA


Querido hijo:

Sólo tienes dos años y aún eres algo jovencito para entender lo que te quiero decir, pero siento que el tiempo apremia. Por eso he decidido escribirte esta carta, para que si algún día te falto y no puedo hablar contigo, sepas cuánto te quiero.

Has de saber que tenías un hermano que nunca llegó a nacer.  Cuando todavía era un pequeño amasijo de veinte o treinta células, un día empecé a sentir mucho dolor en mi vientre. Papá y yo fuimos de inmediato a ver al médico y nos confirmó que aquel pequeño corazón en ciernes había dejado de latir. Nos sentimos tristes, abatidos, derrotados. Pero el doctor, que en aquel país extranjero se había convertido en mi padre, mi psicólogo y mi confesor, me dijo:

- Ángela, aún eres joven y podrás tener más bebés.
- Pero ¿por qué? ¿por qué tuvo que morir? ¿qué hicimos mal?
- Probablemente este bebé iba a nacer con problemas. A veces, la vida es muy sabia. Os dará una segunda oportunidad si de verdad queréis ser padres.

En nuestro desconsuelo encontré un atisbo de razón. ¿Realmente queríamos aquel bebé? Papá y yo habíamos pasado unos meses antes por una crisis que casi nos llevó al divorcio. Como parte de la causa estaba el que llevásemos varios años sin querer tener hijos y que nuestra relación como pareja había empezado a tocar techo. Necesitábamos nuevos retos y pensamos que un hijo lo era.

¡Qué gran error! Un hijo no es una solución ni tampoco un reto. Un hijo es el milagro del amor. Por eso creo que tu hermano no quiso nacer.

Tardamos algunos meses en recuperarnos de la pérdida y en entender aquel mensaje de la vida. Y cuando estuvimos convencidos de que seríamos unos buenos padres, fuimos a buscarte, o tal vez fuiste tú quien nos eligió. 

Te sentí desde el momento mismo de tu concepción. El doctor me había dicho que ya estaba preparada para un nuevo embarazo y aquella noche del veintiséis de marzo, papá llegó de viaje. Estábamos en el apartamento de Bogotá y en lugar de salir a cenar con los amigos nos quedamos en casa. Queríamos con toda nuestra alma tener bebés y aquella noche, mientras hacíamos el amor con muchísimo amor, sentí un pinchazo en mi tripa. Fue una especie de pequeña descarga eléctrica y la sensación de que una pequeña garrapatilla se había enganchado a la pared de mi útero. Supe que en ese momento acabábamos de crearte y me sentí feliz, muy feliz, por ti, y por el don de la naturaleza que supone poder crear una nueva vida a partir de dos células. Porque uno lo puede estudiar en el colegio, incluso verlo en el microscopio, pero sentirlo en tu propio cuerpo y sentir que formas parte de esa cadena infinita que es la vida sobrepasa cualquier experiencia.

Cada día, cuando veo tus enormes ojos azules y esa sonrisa tuya con apenas cuatro dientecitos, vuelvo a sentir el amor y la felicidad de aquella noche en que invocamos al universo y éste consintió en hacernos parte de él. Cada día en que te ríes y agarras mi dedo con tus manitas, sé que llevas el amor en cada una de tus células.

Cuando algún día te llegue el desaliento no te dejes vencer y siente lo que de verdad eres: pura magia de la vida.

Mamá

sábado, 13 de abril de 2013

AÑOS DE FÚTBOL


Siempre que escucho la palabra experimento la asocio irremediablemente al fútbol.

Cuando era pequeña, el fútbol era ese juego al que mis compañeros se dedicaban día sí y otro también en el patio del colegio, con una bola improvisada de papeles de aluminio sujetos por una goma elástica. No era el mismo tipo de goma que nosotras, las niñas, utilizábamos para jugar a las alturitas y al “barbacoa”. Eran mundos de niñez disociados.

A los catorce años, el fútbol pasó a ser ese rival a vencer. Nosotras, más desarrolladas que los chicos de la clase, buscábamos su atención mientras ellos se debatían entre su infancia de balompié y los ataques intermitentes de testosterona.

Hubo un tiempo en el que convivimos pacíficamente. Como esas parejas modernas de hoy, los domingos por la tarde mi novio y yo teníamos licencia para ponernos los cuernos, yo con Umberto Eco y él con Santiago Bernabéu.

Descubrí una nueva dimensión del fútbol la primera vez que fui al estadio a ver un derbi Real Madrid – Atleti. Mis ojos observaban todo con la curiosidad de una niña y mis oídos perdieron aquella tarde la virginidad. Delante de mí, dos señoras de mediana edad proferían contra el árbitro los insultos más soeces que jamás hubiera imaginado: ¡Hijo de puta! ¡Que tienes el culo más grande que la boca del metro! En el mismo instante mi novio, totalmente fuera de sí, lanzaba una naranja contra el linier (¿Eres tú, cariño, el mismo que anoche me cubría de besos?).

Aquella tarde comprendí que era observadora de un experimento sociológico malévolo y decidí entrar a formar parte de él.

El 9 de abril de 1995  tuve la ocasión de participar activamente. El Real Madrid se enfrentaba al Real Zaragoza en liga. Mi ya marido y sus amigos tenían un abono en el primer anfiteatro.  Mi misión comenzaba por tratar de colarme sin pagar en el estadio. Primero entrarían los titulares del abono y una vez adentro, desde las escaleras de la esquina sureste, que eran abiertas y daban hacia la calle, lanzarían sus carnets para que otros dos amigos y yo los cogiéramos al vuelo y entrar con ellos, eso sí, tratando de tapar la foto con el dedo pulgar. Me sentía muy tensa en el momento de mostrarle el abono al revisor, un chico joven que evidentemente se dio cuenta de mi supuesta audacia, me guiñó un ojo y me dejó pasar. ¡Primera prueba conseguida!

Nos dirigimos a la zona de socios pero, como es lógico, el número de asientos igualaba al de abonados, así que los furtivos nos sentamos en las escaleras. En ese momento me di cuenta de que no éramos uno ni dos. Las escaleras, que servían además como vía de evacuación, estaban totalmente abarrotadas. Contemplé extasiada un Santiago Bernabéu lleno hasta la bandera y en este caso podría decirse que no era una metáfora, ya que según la prensa del día siguiente unas diez mil personas habían accedido sin localidad.
Empecé a tomar notas mentales. El sonido del bombo de Manolo acompañaba al griterío del público, a los chistes socarrones y al crujir de las pipas. Humo de cigarros puros y de bengalas. En el campo veintidós hombres dando patadas a una pelota de un lado para otro. Ajena a lo que acontecía en el césped, comencé a escrutar a los asistentes: peñas locales, grupos de amigos, yuppies que de lunes a viernes vestían traje de Hermès, estudiantes, profesores, abuelos con sus nietos, familias completas, funcionarios, albañiles, parados…y yo. Todas aquellas gentes compartiendo aquel momento semanal en el que podían transformarse y dejar salir las frustraciones y los instintos más básicos. Aquello era algo así como una terapia colectiva y multitudinaria, un borrón y cuenta nueva para poder comenzar la semana algo menos jodidos.

Me sentí transportada a la Antigua Roma: en el coliseo los gladiadores luchaban entre sí mientras el pueblo se desahogaba. Y el futbol adquirió de repente una nueva dimensión, la antropológica. Saberme secretamente partícipe de un experimento social que se remontaba a los inicios de la cultura occidental me produjo una punzada de alegría, de sentido de pertenencia, de vuelta a mis orígenes.

Pasaron los años y el fútbol se fue acomodando en mi vida. Los lunes comentaba en el trabajo los partidos del fin de semana, hacíamos porras y discutíamos sobre los fichajes de invierno.

En aquella época me gustaba viajar y fue entonces cuando alcancé conciencia de la talla universal del experimento. Ya fuera en la India, en Marruecos o en Perú, cuando alguien se interesaba por tu procedencia y contestabas que venías de España, la pregunta inmediata era ¿Barça o Real Madrid?

Hoy en día estoy jubilada y el experimento continúa, pero con una nueva dimensión: la gerontológica. Todos los meses mi marido y yo pagamos religiosamente la cuota de Canal Plus con la secreta esperanza de que, los domingos por la tarde, se reúnan en torno a nosotros y al partido televisado todos nuestros hijos y nietos ya que, de otro modo rara vez los veríamos.